Alemania, el ocaso de los símbolos y la identidad.

 No importa la forma del libro,

                                                               sólo mirar el expediente.

World soccer, marzo 1998.

            Cada vez que un equipo de época hace su aparición, Alemania pasa inadvertida; llega a una competición en silencio y se lleva la copa.

No importa que lleguen con sólo un jugador superclase o con ninguno. En 1954 no tenían ninguno. Tampoco que haya un equipo que esté mediatizando las grandes competiciones con una hegemonía insultante. Sucedió en 1974. Ni que el mejor jugador del mundo pertenezca a otro equipo. Ocurrió en 1990. Y en las tres ocasiones Alemania levantó la Copa del Mundo.

Eterno favorito, Alemania ha alcanzado la homogeneidad des ser un equipo en donde la figura es el conjunto, lo que en una época autómata, que ha reprimido la individualidad hasta el borde de la desaparición, constituye una ventaja casi privativa. La contra de la carencia de ese jugador decisivo, está en su falta de creatividad y de poder ofensivo, lo que la haría –como suele acostumbrar- basarse en un juego de contención, con marcajes personales, y apostarle a las definiciones desde el punto penal. Ellos saben mucho de eso.

Con la generación del 90, Alemania cerró un ciclo de casi 40 años en los que mantuvo una identidad que derrotó y sobrevivió a las grandes innovaciones táctico-estratégicas que vio el mundo durante ese periodo. Porque en el 92 ya vivía la etapa de su más grave relevo generacional, presagio de lo que hasta el 2000 se aceptó: que Alemania no producía ya los jugadores tipo que eternizaron sus días dorados, a los largo de los cuales se tuvieron en aquellos constantes físicas, técnicas, tácticas y mentales; ninguna otra nación creó prototipos tan precisos y universales.

Se recuerda en aquel 1992 el regreso de Andreas Brehme ante la falta de sustituto para uno de los últimos símbolos de la selección. Era el comienzo de la no-abundancia. Para el 94 el equipo era disimuladamente viejo; mantenía la identidad, pero se tendía a la inversión de la misma. El hombre ya no se imponía al procedimiento y, además, ni siquiera se adaptaba al propio. El triunfo en la Euro 96 fue una esperanza sin fundamento, debido a la situación que atravesaba una Europa en procura de recuperar sus identidades; aquella coronación fue tal vez la última certificación de la supremacía del hombre sobre el procedimiento. El 98 despedía teóricamente a la última generación dorada de jugadores alemanes, pero la continuación de la falta de reemplazo de símbolos y prototipos, propició en el 2000 el regreso de quienes ya eran mito o historia pasada (Matthaus, Hassler, Moeller…)

Su efectividad como conjunto impide a Alemania apelar a iconos a partir de los cuales sustentar sus posibilidades. La generación del 2000, la más transitoria de su historia, estaba alejada de las capacidades de las anteriores, porque la homogeneización pretendida por Ribbeck de la cultura pasada con la presente, no tuvo fundamento, pero sentó la transición hacia la homogeneización adoptada por Europa (como unidad cultural, la selección es heterogénea, debido a su modelo de juego). Después del obtenido en 1954, los grandes títulos de la selección alemana han estado relacionados con un emblema individual. Cuando no se contó con éste, no hubo celebraciones. Sucedió durante la renuncia al equipo de Schuster, hasta que la maduración de Matthaus permitió llenar ese vacío, vacante nuevamente tras el retiro del último icono de la selección, que en el 2000 fue sacado del retiro de la misma por segunda ocasión.

Pero Matthaus era ya sólo un icono histórico que había perdido su capacidad de referente. El que Ribbeck haya roto la regla de la selección de conceder la capitanía al jugador con más internacionalidades, al otorgársela a Bierhoff, demostró que Lothar había sido convocado para llenar un vacío táctico y no el de liderazgo. Alemania comenzaba a tender hacia una homogeneización colectiva, acaso no tenida desde el 54 -no universalidad, porque sus jugadores hoy no corresponden a varias necesidades internas- y a comprobar que el regreso de símbolos pasados constituía sólo una férula que impedía el desarrollo de una nueva generación, pues el apego a iconos pretéritos, le privaba de desarrollar a nuevos valores que, llegado el tiempo de reemplazar a los veteranos, acusarían el periodo de adaptación, además de que ya no eran los hombres, sino los conjuntos los que ganaban títulos. Los mitos ya no tenían influencia en rivales y compañeros.

Se advertía, empero, que el equipo debía rehacerse a partir de su posición históricamente clave: la del libero. No en un defensor, pues el equipo, por su universalidad, asimiló pronto el 4-4-2; acostumbrado como estaba a la barredora, requería de un portero que ejerciera dicha función, para ganar un jugador más en la medular. Esta selección llegaría más lejos con un portero como Van der Sar, que domina el juego con los pies, lo que lo convierte en un libero y en un referente táctico (con un portero así, Ballack difícilmente comete la falta que le costó la amonestación que lo privó de la final del 2002, pues la infracción a C.S. Lee, se produjo al no haber barredora).

Universal como equipo, por asimilar todo sistema, se rehizo a partir del 4-4-2 que rige a la Europa de hoy, prescindiendo de su referente histórico: el libero, cuyo análisis permite conocer los fundamentos de la identidad alemana. Figura mítica en Alemania, porque no era un jugador teórico, al desafiar las categorías fundamentales de su cultura, se constituyó en caso excepcional de ésta. Con el retraso de Beckenbauer a la posición, Zlatko Tchaikowsky creó un prototipo de principio dinámico, porque sólo se le descubría en términos de acción; un adjetivo que caracterizaba una función especial, no determinado por leyes antropológicas y biológicas, por ser una colisión de acciones, fuerzas y poderes históricos y culturales, que en Alemania hallaba un lugar determinado por incluir los rasgos típicos del espíritu de su cultura. Su carácter ‘fisiognómico’ no lo priva de su valor antropológico; por ello es que mantiene su significación cultural, pues, menciona Ernst Cassirer, sólo la vida social repite y refleja el proceso de vida orgánica dividida entre eternizar el estado actual de las cosas o en crear formas antes inexistentes. Fue el libero la respuesta de Alemania al conflicto entre su carga histórica y las necesidades de la ‘modernidad’. Como sus otros jugadores, conectaba el pasado con el presente al ser una combinación conceptual (caracteres antropológicos) y perceptual (funciones). Esto es lo que se llama identidad.

De Rahn a Bierhoff; de Maier a Kahn; de Beckenbauer a Matthaus… los tipos alemanes se forjaron a partir de las posibilidades de la naturaleza de su cultura. Sólo el libero y el portero se mitificaron, al sobrevivir al equipo como parte de un repertorio antropológico, biológico y cultural, mientras las otras posiciones disolvían aquel repertorio simbólico que sólo transmite ya los datos conceptuales.

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