La sincronía permanente dinámica en la selección de Francia.

Me preguntaba si los hombres capaces

de apreciar lo verdadero y lo bueno

son tan escasos que se tenga que esperar

durante veinte años inútilmente para dar con ellos.

Schopenhauer,

El mundo como voluntad y representación.

             La relación entre lo particular y lo general que condiciona las fuerzas inmanentes en la cultura, permiten adelantar la coincidencia de circunstancias históricas que ubican los acontecimientos fuera de los esquemas causales. Se encuentra lo anterior en la oposición de la continuidad folklórica y la discontinuidad en el sistema de otros valores culturales. Discontinuidad temporal que deriva en la restauración de cánones pasados excepcionales para un pueblo.

El paralelismo anterior ha ubicado a la selección de Francia en lo que Roman Jakobson definió como sincronía permanentemente dinámica, pues el equipo se ha constituido en un significado convencional del que ya no se acepta su diacronía como parte de un periodo único de su historia. Sus generaciones del ’58 y del ’84, fueron el exceso de capacidades que se alcanzan cuando surge un jugador que rebasa los límites de las de su cultura o varias individualidades excepcionales concurren en una misma época. Distanciadas veinte años en el tiempo, en aquellas selecciones de Alex Batteux y Michel Hidalgo (al igual que en las de Jacquet y Lemerre, ciclo comenzado en 1994, dos décadas después de la generación que inicio en 1976) coincidieron ambas situaciones, lo que las constituyó en referentes temporales, connotaciones desviadas de su cultura. Porque el estilo histórico de Francia ha sido el de un clasicismo carente de aquellos talentos a los que el sistema otorga preferencia y que fueron los que en varias épocas establecieron la diacronía del equipo como signo. Francia no ha vuelto a tener una delantera como la FKW (siglas del tridente Fontaine-Kopa-Wisnieski del ´58), ni una medular con la brillantez de la de Fernández, Giresse, Tigana y Platini (ningún mediocampo en Europa ha reiterado tal lucidez), pero evitó entrar en el poliptoto europeo actual (misma raíz en la forma con significantes funcionales diferentes) porque era tal vez el último equipo en el que al individuo aún se le permitía sobresalir por encima de la colectividad, sin aislar su acción de esta. Fue el modelo con el que estableció la diferencia que la hizo sobresalir en el último lustro. El signo mantenía su condición por no tener relaciones de equivalencia con otros dentro del equipo o de otros, con lo que preservaba su cualidad referencial, lo que lo ubicaba como símbolo. Y en estos equipos el símbolo resulta perjudicial, pues al encontrar su coto histórico, los tipos no pueden sustituirlo y el equipo alcanza un decaimiento que parece quitarle su identidad.

Francia mostró que padece el relevo generacional por no contar ya con jugadores ‘adecuados’, lo que deja sin sucesores a sus símbolos. El hecho es gravísimo ya que la homogeneidad y la universalidad en una cultura han de ser premisas casi innatas, porque son el fundamento de la adecuación, que es imperativa en una selección nacional, por ser la teórica representación de una identidad. Más en una como Francia que gozó de una estructura sistemática y nominal invariable que en los suplentes y sucesores exigía universalidad sistemática y homogeneidad táctica, para mantener el ‘pattern’ de actitud que producía el mismo estímulo entre su intención y su respuesta. Es lo que permite variar el esquema o la nomina sin alterar el funcionamiento. Francia era, tácticamente, un equipo donde el sistema poseía una serie limitada y conocida de funciones relacionadas que le otorgaban una identidad propia.

La adecuación en Francia aparece como no posible, pues cuando en un equipo hay símbolos que lo trascienden, por no ser arquetipos, dado que exceden el convencionalismo cultural, están impedidos de encarnarse en Otros. Por eso ha sido un equipo de épocas. A estos equipos sus postulados sólo les dan resultados en un periodo, sin dejar, en casos como el francés, herencias porque su estilo es una moral de la forma correspondiente a la situación de su tiempo y no un modo de extender, sólo de pensar el fútbol. No aspira por ello a modificar patrones, ni adopta la exigencia de un lenguaje libre al no establecer conflicto con su cultura, lo que constituye un paso hacia la procura de una identidad. Es el de Francia un modelo sin momento en el Tiempo, residuo de una duración que la partida de los símbolos fragmenta hasta la desaparición.

Queda por determinar el motivo de la periodicidad con la que Francia produce sus estereotipos individuales, y si habrá que esperar otras dos décadas para volver a verla estelarizando el concierto mundial.

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Un comentario en “La sincronía permanente dinámica en la selección de Francia.

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