Sevilla-Betis, las transposiciones dentro de una rivalidad.

La plena ‘sevillanidad’.

Sin que hubiera concluido el derby del 19 de diciembre 2004, un diario español lo registraba como el mejor en años. El derby de esta manera da al partido un contexto exclusivo, pues si bien, el nivel entonces no estuvo fuera del alcance del de otros partidos de La Liga (y pudo considerarse entre lo mejor de la temporada), lo derbico promueve un análisis más a fondo que los de ‘rutina’ (por decirlo así, ya que la rutina no existe en el fútbol por ser diferente cada partido, aunque una serie derbica llega a establecer constantes. En esta serie, si se habló del ‘mejor’ partido en años, se sale, en parte, de alguna rutina. Si como en lugares se dice, el derby es cerrado, escaso de espectáculo, o decide ligas, se tiene que es un nivel estructural, por lo cual, una variación conlleva a variar el análisis), porque lo derbico conforma un contexto de mayor especialidad.

El derby como necesidad social.

 El entorno, del partido del 19 de diciembre 2004, permitió hurgar en la intimidad de la ‘sevillanididad’ futbolística, pues se tuvieron todos los elementos conformadores de un derby, por lo que se pudieron buscar y conocer, mediante su dramatización, los fundamentos que originaron el de Sevilla, así como lo que lo ha sostenido durante nueve décadas.

El derby de Sevilla, como las otras rivalidades clásicas (las que no fueron construidas), no surge como una necesidad social, pero su permanencia sí parece responder a una.

Al menos hasta los noventas, quedaban directivos del Sevilla con la pretensión de hacer desaparecer al Betis, una semilla expurgada del Sevilla. De esa manera, la ciudad se  fundiría en una sola mitología, la que se originó de la fundación del Sevilla Fc. Erradicar lo bético es la escisión del anhelo románico de vivir mejor enriqueciéndose para hacerse más fuerte, aun a costa de apoderarse de lo de los demás. En el caso del Sevilla, se trataba de recuperar lo en el comienzo de la historia le perteneció. Pero una sola Sevilla impediría descomponer la ciudad en sus unidades discretas, para encontrar el sustento de esta ‘sevillanidad’. Porque Sevilla y Betis representan una oposición interna. La división que han promovido no es étnica o genética; más bien, tipológica, y confronta los arquetipos de la ciudad.

Proyecciones.

 Se prestó la edición mencionada, para la confrontación histórica y permanente. La dramatización de transposición entre presente y pasado, se tuvo desde antes del partido. El olvido –o perdida- de las camisetas del Betis, debido a su utilero, y la no permisión del árbitro para emplear la casacas y numerarlas con cinta, hizo pensar en la transposición de nombres, pues como el Sevilla en su comienzo, Betis estaba dispuesto a conseguir las camisetas que estuvieran a su alcance, “lo más barato” incluso, para jugar como “novatos” o como decanos. Pero estas actitudes “populares” y “viscerales” no las aplicó Betis dentro del campo. Quedaba representada la oposición de esos caracteres del “er Beti”, con las de la clase social y élite que presidieron el nacimiento del Sevilla. Oposición marcada en lo que Graham Turner señala como el factor que desencadenó la rivalidad clásica: una cuestión lingüística. Sevilla era el de clase social “alta”; Betis el “popular”, pero fue éste el que importó sus camisetas y Sevilla el que las adoptó blancas por ser las más económicas. En esta situación, el blanco sería un código de remisión hacia lo popular, de lo que el Betis se adueña mediante sus prefijos. Influenciado por todo lo inglés del nuevo deporte, Sevilla adoptó los de Football Club, los cuales Betis dejó al serle concedido por Alfonso XIII, el título de Real, para castellanizarlo y ser Real Betis Balompié. La escisión ciudadana la produjo la fundación del Betis (12 de noviembre 1907) en la que hubo disidentes del Sevilla, porque éste no aceptó a un obrero como jugador, pese a que fue fundado (14 octubre 1905) por empleados de la empresa Seville water works ltd., gente de no muy baja economía. La semilla expurgada del Sevilla, fue perseguida por el régimen franquista. Durante la guerra civil, no pudo jugar porque su estadio fue empleado como estación de tanques, mientras el Sevilla continuaba jugando aunque fuera en divisiones inferiores. Hundido Betis en la Tercera División en el tiempo de la dictadura, su resurgimiento es casi simultáneo a la caída de ésta, con la victoria en 1997 en la Copa del Rey, que había dejado la denominación de Copa Generalísimo.

Lo expuesto se sintetiza en el esquema:

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La transposición parece permanente e indica que es una rivalidad tipológica, ya que se dice, el Trofeo Ciudad de Sevilla dejó de disputarse, además de porque los jugadores se mataban casi literalmente en la cancha, trascendiendo el conflicto a las tribunas, porque en el club perdedor descendía el número de abonados. Habría que saber adónde se iban.

Una rivalidad despertada.

             El apunte anterior parece corroborar que finalmente se ha encontrado la estabilidad requerida para sostener un equipo en una Primera División. Al campo se ha trasladado lo que los del Sevilla consideran el sostén de la rivalidad: que Betis la hizo “abismal” por sentirse perdedores, con lo que se asume un estatus de inferioridad del verdiblanco ante el “clasicismo” de sus rivales.

Porque Sevilla despertó el “ápice de resentimiento”del Betis, por ser éste el que estuvo en disposición de hacer por la victoria, sin conseguirlo ya que anduvo disminuido de la táctica que en el Sevilla estuvo de sobra.

El momento actual del Sevilla prolonga ese histórico resentimiento del Betis, que un día clamó por la desventaja que su carácter proletario tenía ante el del capitalismo del Sevilla, y que hoy, pese a ser Betis el de la economía más fuerte, no ha accedido a la élite futbolística porque Sevilla descubrió que la planeación y la continuidad otorgan mejor estatus que el capital.

El caso aludido, y que termino por sustentar la rivalidad particular, es el de Francisco Antúnez, quien al terminar traspasado el Sevilla, enseñó que lo derbico es meramente futbolístico, y que, por lo tanto, no excede los sentimentalismos porque estos son personales.

Antúnez quedó como el objeto que históricamente es uno de los sostenes de la rivalidad. Porque no dividió futbolísticamente a una ciudad de no muy marcada división por el fútbol, porque se funde, mediante éste, en una mitología escindida sólo ligeramente por las tipologías de las aficiones.

La rivalidad sevillana, que aparece como una falsa división, permite develar nexos de identidad correspondientes entre Sevilla y Betis, que representan la antinomia mediante sus aficiones más radicales. Los Biris del Norte (Sevilla) oponen la bandera de Andalucía con la estrella roja, la hoz, el martillo y la imagen del ‘Che’, a la de los Supporters Sur, del polo con la enseña nacional y la svástica.

Los nombres que sostienen la rivalidad.

             Tras Antúnez, el personaje que parece haber realizado un papel decisivo en para el sostenimiento de la rivalidad, es Manuel Ruiz de Lopera. Mientras Sevilla ha pretendido erradicar al Betis, Ruiz de Lopera dijo que votaría por la reinstalación del Sevilla en la Primera División, tras la relegación del blanco por un escándalo en 95-96, y de los dirigentes recientes de ambos equipos, es quien, como Antúnez, descontextualizó la rivalidad extra cancha, al incitar a la concordia previo al derby de la primera vuelta de la temporada 99-00, al declarar que prefería una derrota del Betis a que se produjeran incidentes en la grada, hecho que fusionó la mitología de la ciudad en un sentimiento escindido sólo sobre el césped.

Quizá lo del 19 de noviembre de 2004 haya aupado la rivalidad hasta sus cotas más altas.

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