Italia, un equipo sin mitos.

Italia es un equipo que ha concluido el periodo de renovación comenzado, junto con el siglo, por las selecciones más fuertes y tradicionales de Europa. La Azurra ha seguido, en ella, las constantes de sus grandes clubes de época, de hacer el cambio generacional de manera escalonada, situación que se permite una nación que extrae sujetos tácticos transindividuales de sus canteras.

Los únicos códigos de reconocimiento preservados en Italia, son el color azurro de su camiseta y el plateado del jersey de su portero. Este último es el mayor, ya que permanece ante la variación del color de la camiseta de los otros diez. El azul, es el código que remite al catenaccio, y este, a su vez, a un símbolo: el del libero, figura sin la cual el catenaccio sería aún posible, a pesar de que el sistema fue diseñado a partir de esa figura.

Cuando se retiró Baresi, se sabía que Italia no perdería las características que reclama la posición, pues por ese tiempo ya se anunciaban dos jugadores en los que esas sobresalían: Nesta y Cannavaro; ellos son los significantes hoy, de la capitanía, visión, salida, marca y organización.

El apego al símbolo (cómo se convierte en mito se trata en otros apuntes) marcó definitivamente a las Italias que heredaron la carga del campeonato del mundo obtenido bajo la dirección de Enzo Bearzot en 1982.

Desde entonces, la dirección técnica fue confiada (salvo en el 90) a técnicos respaldados por palmaresés que quitaban el hipo, pero que en el banquillo de la nazionale, exhibieron novatez, y alegaban incompatibilidad de capacidades. Es una historia iniciada en 1970, cuando Ferruccio Valcareggi, postulaba que Sandro Mazzola y Gianni Rivera no podían jugar juntos (el conflicto tenía su significación por que Sandrinho era del Inter, y Gianni del Milan). El Mr. dio la titularidad a ambos y sólo Péle y su Brasil pusieron coto a la marcha azurra. En el 82, Bearzot mantuvo contra toda crítica a un desvalorizado Paolo Rossi, que tras una nefanda primera fase, se erigió en la figura de aquel Mundial con goles que significaron la victoria final. Pero en el 86, Bearzot no lo consideró ni para la suplencia, y la azurra entregó inocentemente la corona, debido a su falta de delanteros resolutivos.

En el 90, Vicini no supo compatibilizar las capacidades de muchas de las mayores figuras del balompié europeo, y un suplente salido de la ignominia –el ´Toto’- le salvó sus noches hasta que Argentina los privó de la final. 1992: Sacchi no consiguió el pasaporte a la Euro sueca y en el 94, cuando era cuestionable cómo sería su Milan con un jugador como Baggio, planteó un equipo distinto al tricampeón europeo que el mismo Sacchi formó, pero la capacidad del Divino posicionó al equipo en una final perdida no en los lanzamientos desde el punto penal, sino en la falta de capacidad de un planteamiento medroso. A partir del 96 continuaron las disyuntivas. Sacchi prescindió de Baggio y de un Vialli en estado de gracia para la Euro inglesa, a cambio de un Zola, que lo único destacado que realizó en el torneo fue malograr el penal que evitó la clasificación azurra.

Cesare Maldini, en el 98, disolvió la disyuntiva al ceder a la presión de prensa y público, eligiendo a Baggio sobre Zola, pero continúo sin encontrar un esquema que le permitiera disponer de una delantera que podría ser, en aquel 98, la mejor del mundo, cuando ni el más neófito de los técnicos habría tenido duda en formar con el tridente Baggio-Del Piero-Vieri o Inzaghi. Nuevo fracaso, no en penales, sino porque la estrategia se limitó a lo defensivo, sin conceder opciones a los delanteros.

En 2002, Giovanni Trapattoni eligió a Totti sobre Del Piero, que con un gol ante México, clasificó al equipo a octavos, donde Totti tuvo su actuación más destacada al dejarse caer en el área coreana, ganándose la roja; poco más de veinte minutos después, Italia abordaba el vuelo de regreso a casa. En el 2004, ‘Trapp’ reiteró, como en 2002, dejar fuera a Baggio que aún en el declive, podía ser más decisivo que Totti, que a la fecha no pierde la costumbre de desaparecer en los partidos más puntuales.

La postura de los seleccionadores italianos de prescindir de determinados jugadores, no ha tenido justificación en los resultados obtenidos en los torneos mayores contestados desde 1990, pues ninguno de los elegidos tuvo la universalidad de un Baggio, de un Vialli o de un Del Piero, para corresponder a las necesidades del equipo.

Un equipo definido.

Con Marcelo Lippi se ha tenido una variación grave en el manejo y planteamiento del equipo. Es poco, o nada, lo que puede reprochársele a la Italia de hoy, que es junto con Holanda, Ucrania y Noruega, el equipo más definido en cuanto a alineación y comportamientos de Europa. Porque ha sabido desplazar los códigos de su liga hacia sí, hasta parecer más un equipo de club que de selección.

El acierto de Lippi es que no ha llegado a pretender innovar, a inventar (como sucedió con sus tres predecesores inmediatos: Trapattoni, Maldini y Sacchi), sino a plantear un equipo apegado a los perceptos estabilizados en el fútbol italiano de clubes hoy, casi todos herencia de la evoluciones y las pautas incorporadas desde hace al menos cuarenta años (cuando el catenaccio comenzó a hacer distribuciones en la genealogía futbolística italiana), haciendo predominar las de la década dorada de los noventas.

Lippi no juega con el catenaccio, ni se casa con una filosofía, aunque sea la propia (como los tres antecesores citados), con lo que evita la necedad de adaptar a una idea particular lo que no es adecuado en ella.

La Italia de Lippi es tal vez la que ejerce el juego más aburrido del equipo desde los más recientes quince años al menos (y no sería exagerar anotar que tal vez, desde el fracaso de 1966 con Edmondo Fabbri), así como el más predecible en cuanto a comportamientos, pero tras la de Enzo Bearzot, el más efectivo en el balance táctico-estratégico, además de que desde el verano, a trece meses del Mundial, ya tenía (de acuerdo a la continuidad en las alineaciones) decidido al equipo que debutará en la cita a la que seguramente acudirá, lo que lo hace uno de los favoritos para presentarse en Munich el 9 de julio del 2006.

El portero, Buffon, es aceptado unánimemente para la posición. La defensa, que juega en zona, no está sufriendo variaciones. Bonera-Cannavaro-Nesta-Grosso, parecen sacados del mismo club; si alguno es inelegible, Materazzi está para la central, al igual que Dainelli, recambio de garantías que no ha tenido oportunidad, o hasta para la lateral que también juegan Zaccardo y Zambrotta, sin que se pierda la sincronía. Los medios de cierre también están decididos: De Rossi será (salvo lesión) el escudo de Pirlo, el mariscal que Trapattoni desaprovechó en el 2004; Gattuso aguarda en la recamara por un partido para sus características. Los medios laterales, Camoranesi y Zambrotta, por consistencia, no temen relevo.

Los partidos de plantean de acuerdo al rival. Se juega con 4-4-2 con cuadrado medular, o 4-2-3-1; en ambos sistemas, los jugadores mencionados están siendo (a no ser que haya lesión o suspensión) irremplazables. La variación puede tenerse en las dos plazas de ataque. Totti ha estado recibiendo la oportunidad detrás del único delantero en el 4-2-3-1 o haciendo 4-4-1-1. El conocimiento y la asimilación que Del Piero tiene del sistema de Lippi, hace presagiar que Alessandro será el mediapunta desde los partidos de preparación, porque Lippi no espera al partido de competición para improvisar.

Se tendrá la creencia, muy valida, de que el siguiente símbolo, tras el libero, es el delantero goleador. Pero en este no se recarga el peso del equipo, como en la defensa, sino que se beneficia del trabajo del colectivo. Con rompimientos desde la defensa y despliegues laterales, Italia, antes de Lippi, podía jugar teóricamente sin mediocampo; éste, empero, lo requiere en defensa para a partir del quite fincar su contraataque.

En el 2002 se advirtió que Italia vive la época de probabilidades ofensivas y no de una única posibilidad: sus centros delanteros estelares requieren de una insistencia continua para marcar (dato respaldado con la estadística proporcional entre remates y goles de los Vieri, Inzagui o Montella en las dos temporadas recientes, incluida la Liga de Campeones), por ser carentes del efectivismo cien por ciento (que en el catenaccio equivale a marcar en esa ocasión única) a que aún están obligados los nueves de los modestos.

A Vieri, que necesita varias ocasiones para acertar, le vale su experiencia para ocupar el puesto (además de su conocimiento con Del Piero), pero si a Lippi nunca le han impresionado los nombres de los rivales, menos han parecido hacerlo los de sus equipos. Si hay que elegir, es entre el ‘Toro’ y Francesco, pues Gilardino y Iaquinta son propios para ejercer la función del delantero que se bota (Di Vaio, otro de los chicos que conoce Lippi, puede ser sorpresa), y esa, parece que será para Del Piero.

Italia cuenta los meses para la cita en Alemania. En los dos Mundiales más recientes, su favoritismo era por historia, y por eso, poco fundado. Ahora, empero, tiene equilibrio y definición de funciones y posiciones. En 23 años la conceptualidad y la perceptualidad del equipo no necesariamente se fundían y eran significaciones separadas fusionadas sólo en el efectivismo estratégico. Lo primero, los caracteres de su repertorio simbólico cultural, constituye la parte más fuerte de su identidad, su esencia, el catenaccio y la presión medular. Lo segundo, la funcionalidad, tiene más notoria gravedad en lo individual, en el referente reconocible: el delantero efectivo. Con lo primero, Italia sale al campo con un punto asegurado; con lo segundo, se adueña de los otros dos.

Será la Italia más monótona en décadas, pero la más consistente y efectiva tácticamente.

 Las claves de Lippi.

I.-Correspondencia. Por primera ocasión desde Bearzot, el comportamiento del equipo corresponde a los perceptos que rigen el fútbol italiano de la época, y no a los de una filosofía personal. Lippi, técnico de la más reciente época dorada de los clubes italianos, cuenta con jugadores que, por no estar en el extranjero (salvo Roma, portero, que no altera el funcionamiento, y Di Vaio, que en Valencia ejerce la misma función que le pediría el ‘Chelo’ en la Nazionale), están en ininterrumpido contacto con un sistema que tienen bien incorporado.

II.-Definición. No hizo Lippi ensayos desmesurados ni de microondas. Con los partidos ha arraigado u once casi invariable. Ha sido, además, apenas afectado por lesiones y sanciones, lo que, agregado a la constancia de los jugadores curtidos en el roce y el choque duro que se acostumbra en su liga, han permitido continuidad en la alineación. El equipo juega como uno de club.

III.-Adecuación. Para un equipo con identidad arraigada, las rotaciones adquieren mayor validez, porque no se pierde con ellas la identidad forjada a través de las décadas. Italia es el ejemplo de que son funciones y no jugadores los que conforman las alineaciones. Porque esa identidad establece una mecánica universal correspondiente con las necesidades internas del equipo, que se queda, así, en un perpetuo presente.

IV.-Equilibrio. Varió el atávico concepto en la Nazionale de una defensa con tres, para incorporar el código táctico que priva en Europa otra vez: el 4-4-2 con versión práctica 4-2-4, girando en torno a un mediocampo dinámico ágil, mediatizador de balón, impone pautas y administrador de tiempos del cual sólo se disponía por ratos durante la última década.

V.- Sincronía. En defensa, para salir en línea, hay precisión teodolítica; para contragolpear en bloques, es casi telepática.

VI.-Manejo. Se disolvió el conflicto de elegir entre jugadores teóricamente incompatibles. En la Italia de Lippi, todo es compatibilidad, y se depende de la medular, no de un jugador de enlace. Al no haber conflicto, no hay situaciones personales que alteren la estabilidad del grupo.

VII.-Sin mitos. Por eso no los hay. Con la vuelta al 4-4-2 se prescinde del libero figura históricamente referencialisíma, y se antepone el juego conjunto sobre el individual.

VIII.-Disciplina. No se conocen roces internos. Se dijo: es un club.

IX.-Especialistas. En cada posición, para cada función. Los mejores marcadores del mundo (Nesta y Cannavaro), uno de los cinco mejores mariscales (junto a Mascherano, Renato, Keane y algún otro) y jugadores que están en el top ten de creadores y golpeadores de balón en saques de falta (Del Piero y Totti).

X.-Control. Sabe hacerlo. Por eso es procura salir, por planteamiento, con el punto de default asegurado, para pegar primero y que en lugar de remontar, intenten remontarle el marcador. Eso, contra el equipo que, entre los que cuentan al menos cinco participaciones, menos ha perdido en la historia de las Copas del Mundo, es un poco complicado.

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