Javier Aguirre en el laberinto de la soledad.

Las declaraciones de Javier Aguirre el 9 de octubre en la víspera del partido México-El Salvador 9 de octubre parecieron tener la intención de promover una exasperación entre los mexicanos, pretendiendo, a la manera de elementos destacados en El laberinto de la soledad, sublevar el sempiterno complejo de inferioridad del mexicano que, incapaz de confrontarse consigo mismo, continua reflejándose a través de hechos triviales de terceros.

El siguiente es el discurso de Aguirre; los corchetes indican palabras no entendibles en la grabación:

No tenemos esa sensación de venganza, pero sí tenemos memoria, sí tenemos memoria, y en esa memoria en estos momentos vivimos recuerdos de lo que nos pasó allá. Allá llegamos y nos maltrataron, lo debo decir, nos maltrataron con tapabocas, humillándonos, mofándonos de un problema serio nacional. No se vale. Los […] buenos lo pueden decir, es parte del juego, es parte del fútbol, no se vale. Fuimos maltratados. Llegamos todos [trayendo] del aeropuerto al hotel maltratados, maltratados, tremendamente maltratados. En el hotel, todo el día, con gente fuera insultándonos con platillos, con bombos, veinticuatro horas haciendo ruido. Cuarenta y horas no pudimos salir del hotel, ninguno de mis jugadores pudo salir del hotel. Aquí están en Querétaro cinco días, hasta autógrafos les pedimos y fotos les hacemos. Es la gran diferencia […], no, no vale, es el fútbol y en el fútbol pues la condición de local efectivamente se tiene que sentir, se tiene que sentir. Son once guerreros ellos, nosotros cien mil guerreros en el estadio y once en el campo y todo el país. No pueden venir a visitarnos y a [alardear] que son once guerreros. No, no, no. En mi casa no. Yo soy más guerrero que cualquiera en mi casa, con mi gente y con mi estadio. Y el estadio no se nos va a voltear. Calcúlale es al minuto veinte la cosa va bien, no, no, van a estar noventa minutos haciéndoles sentir que son visitantes. Nuestro himno no lo respetaron, nuestro himno no lo respetaron. El presidente de la Federación Mexicana de Fútbol caminó entre la gente al palco, lo golpearon, jugadores que no fueron al banco fueron golpeados, fueron empujados en el transcurso del campo, del vestidor al palco pasaron entre la gente. Eso no se olvida, eh, no se olvida. En el terreno de juego no se puede, no van a venir a decir que al árbitro no le pesó el ambiente y allá ¿por qué no dijimos nada? Gol anulado mal anulado, penalti Ha guardado no pitado, penalti al ochenta y cinco no marcado. Está ahí el video, lo vi hoy en la mañana, por eso vengo como vengo [es] lamentable. A mí me parece vergonzoso. Nadie dijo nada. Está bien; no la cobramos luego, pero nos acordamos y mañana nos vemos, mañana nos vemos. Vas ganando y esconden la pelota los recoge pelotas, nos festejan los goles, el público bajó al campo; nos tuvimos que ir al vestidor rapidito, eh. El árbitro le dijo a Blanco “no van a ir al Mundial por eso”. No, no, no es soberbia, no somos gigantes de nada. Sinceramente no se vale que allá se valgo todo porque es parte del fútbol y es parte del juego y aquí, y aquí no. No, no, no, no. La verdad es que no me agrada eso. Hemos sido un pueblo respetuoso, somos un país futbolero y en mi casa no, en mi casa no: vamos a guerrear, vamos a guerrear. Quieren guerra, guerra tendrán. Y si estamos en el estadio Azteca, tres puntos nos separan del Mundial, nos los vamos a dejar.

El discurso estuvo estructurado a partir de situaciones futbolísticas y extra cancha, siempre dentro del contexto del deporte, pero Aguirre lo dirigió hacia el nacionalismo. Un nacionalismo incitado a la guerra por el himno nacional, pero orientado por el Vasco hacia el estereotipo que hace Octavio Paz del mexicano.
En El laberinto… se explica cómo la crisis de identidad del mexicano esta determinado por las escisiones de conductas y de comportamientos bajo mascaras históricas tras las que ha perpetuado la represión de su complejo de inferioridad y, acaso, el temor de confrontarse a sí mismo.
Viciado en escindir aquel complejo en la comparación con otros mediante un sentimiento de soledad, queda así ligado a una orfandad que lo lleva al culto de una madre simbólica –la chingada- de la que toma una de sus identidades míticas: la del chingón, connotación de hombría y de valor personal que paradójicamente lo emparienta con el “otro” y con los “demás.” Los “demás” son los hijos de la chingada.
Esto certifica el postulado semiótico de la comunicación planteado por Iuri Lotman [Semiósfera, Cátedra, T. II, pp. 43 y ss.] de un canal de comunicación YO-ÉL (en este caso YO-ELLOS: el mexicano y los “demás” o los “otros”) en el que la variación del modelo y sus constantes hacen que el destinador sea sustituido por el destinatario. Y en la configuración de un canal YO-YO, reestructura al segundo YO en una tercera persona llegando, otra vez, a la confrontación con el otro o con los “demás.”
El complejo se manifiesta porque al mexicano no le gusta estar en la posición de reflejo (caso representativo de su postura de “yo soy tu padre”, descrito por Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México.)
El episodio de los tapabocas es sólo un código reestructurado por la ortodoxia de nacionalismo que en los mexicanos bordea el fanatismo. La mofa con tapabocas se trató del choque de un código semántico con uno sintagmático, o mejor, pragmático: así como se dice que los cristianos y los católicos adoran un pedazo de madera y no a Dios, el mensaje pragmático –burlarse “un problema nacional”- fue reconstruido sintagmáticamente por Aguirre para darle un valor semántico: la agresión a una nación cuando era para un simple equipo de fútbol. Esto por la falta de conocimiento del código de la cultura cuyo actuar fue convertido (o se intentó hacerlo) en menaje que devolvió al conflicto YO-ÉL, llevado hasta el extremo.
Lo de las tapabocas, que fue lo que activó el discurso nacionalista, lo tomó Aguirre como una ofensa a un sujeto transindividual –el mexicano- no a un territorio (tal es el sentido semántico del acto, que por eso no es ofensivo, menos de odio, porque éste sólo se da de persona a persona), por lo que era inoportuno hablar de guerra.
Por eso cabe el remate que David Faitelson dio al discurso de Aguirre en uno de los espacios de Espn el mismo 9 de octubre: “Vasco, en tu mismo idioma: no mames, güey.”

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