Uruguay, una historia desgarrada.

Hasta el día de escribir estas líneas, han transcurrido setenta años desde que el medio campista de la selección uruguaya Lorenzo Fernández, cayó fatigado en la cancha del estadio de Lima, al comienzo de la prórroga de la final del Campeonato Sudamericano de selecciones. Entonces, José Nasazzi, legendario capitán de aquel equipo, se acercó a Lorenzo para proferirle palabras despectivas: “¡Parece mentira! ¡Cuando se sepa en Montevideo que Lorenzo Fernández es un maula, que aflojó en los momentos decisivos, que abandonó a sus compañeros! ¿Qué dirá entonces la gente, nuestros amigos, nuestros familiares?”.Uruguay perdía por diferencia mínima. Y tras escuchar a Nasazzi, Fernández se incorporó, dio lo mejor de su juego y la historia lo recuerda como uno de los pilares del eventual triunfo celeste en esa final. La historia también cuanta que ese día, con la escena descrita, nació la garra charrúa.

O se sublimó como marca decisiva de una cultura futbolística que nació marcada para las grandes rivalidades. El primer partido internacional jugado en Sudamérica pautó decisivamente la historia. El 20 de julio de 1902, Argentina venció 0-6 en Montevideo, dejando en Uruguay secuelas que han tenido más resarcimiento que agrandamiento a través de las décadas. A esta rivalidad, el segundo gran clásico del fútbol mundial, tras el Inglaterra-Escocia, no le ofrece parangón ninguna otra en América, pues como agregado al conflicto social de una región, la del Río de la Plata, su contexto incluye todos (o casi todos) los elementos del clásico: confrontación de dos culturas marcadas por una visión condividida entre sus individuos y la concepción del mundo de parte de las sociedades que conforman estos, en un marco de campos semánticos que marcan discursos ideológicos dentro de una oposición equipolente

Uruguay no vivió de esa rivalidad para forjar una grandeza que pocos han alcanzado en la historia del fútbol. El acontecimiento entre Fernández y Nasazzi, marcó el final de una época que no sólo heredó a las generaciones de jugadores uruguayos venideras prestigio, sino la manera de preservarlo y agrandarlo: la ‘garra’, remisión ineludible al equipo que dio algunas de las mayores lecciones de caballerosidad sobre un terreno de juego, y que hizo llorar a un país.

Los ‘Brujos’ de Montevideo.     

Más que escuela, las primeras grandes selecciones celestes, legaron la esencia pura del fútbol, dispuesto al ataque no exento del equilibrio otorgado por el sacrificio de sus figuras, cuando se trataba de contrarrestar al rival, con apoyos en defensa. Dos figuras sobresalieron sobre las otras de entonces. Nasazzi, quien estuvo en los triunfos de los Sudamericanos de 1923, 24, 26 y 35, y Héctor Scarone, quien estuvo en los de 1917, 23, 24 y 26; ambos se colgaron el oro olímpico en París 1924 y en Ámsterdam 1928 y levantaron la primera Copa del Mundo en 1930.

Los torneos de 1924 y 1928, representaron el primer asomo a la escena intercontinental de la América futbolística. La Celeste enseñó en ellos al mundo un estilo de desparpajo y alta calidad técnica que les valió el epíteto de los ‘Brujos de Montevideo’, por ser considerado su juego que derrotó a los imperialistas europeos, como algo extra mundano. A la cita de Ámsterdam acudieron más latinoamericanos. Uno de ellos compartió el césped de la Final con Uruguay: Argentina. Se reeditaba la rivalidad cumbre de América con el mundo como testigo. La Albiceleste había vencido a la Celeste en el Sudamericano del año 27. En Ámsterdam, la victoria fue uruguaya a pesar del mejor juego de sus rivales. La prensa argentina vendió consuelo con un titular: “Ganó el fútbol del Río de la Plata”.

Todos los integrantes del primer equipo campeón mundial, la mayoría provenientes de las victorias olímpicas, eran destacados. El portero Ballesteros, ganador de la titularidad en el Mundial del ‘30, por indisciplina del titular, Mazzali, a quien se descubrió entrando ‘de puntitas’, durante la madrugada, a la concentración, de donde escapó para ‘respirar’ un ratito. José Leandro Andrade era el dueño de la banda derecha. Su aspecto de boxeador podía hacer no creíbles su asombrosa habilidad con el balón y su juego extremadamente fino, que maravilló a los franceses durante la olimpiada del ‘24, por lo que lo llamaron ‘El hombre de los pies de seda’. Fue el primer crack negro del mundo. Su habilidad está relacionada con una anécdota. Cuando un periodista europeo le preguntó la causa de la misma, Andrade le dijo que en cada entrenamiento soltaba gallinas para ir tras ellas. Nunca las atrapaba, pero el movimiento que tenía que hacer al intentarlo, le había granjeado su habilidad. El periodista, asombrado, se creyó la chanza.

Mascheroni era el tercer defensa y Gestido y Lorenzo Fernández los medulares. La delantera era de ensueño. Dorado, el ‘Manco’ Castro, Pedrito Cea e Iriarte, junto al más grande de todos: Héctor Scarone, quien agotó todos los calificativos posibles hacia un jugador de categoría universal: El ‘Mago’ y el ‘Gardel del fútbol’, Ricardo Zamora lo llamó ‘El símbolo del fútbol’. Fue un interior derecho muy fino y sacrificado. Cuando en la Final del Mundial de 1930, Argentina tomó ventaja (1-2), ‘La Borelli’, como también llamaron a Scarone, por su carácter fuerte, en analogía con una vedette de revista que llevaba ese nombre, encabezó, con sacrificio apoyando en defensa, la rebelión uruguaya. Al final, triunfo de 4-2 y primer campeón del mundo.

A decir de los enciclopedistas, el nombre de Héctor Scarone está ineludiblemente en el olimpo futbolístico junto a los de Alfredo Di Stefano, Pelé, Franz Beckenbauer, Johan Cruyff y Diego Maradona.

 

La tragedia de Maracaná.

 

El triunfo en Lima marcó el final de la época de los ‘Brujos’. La reanudación de la actividad internacional tras la Segunda guerra, encontró a una nueva generación de futbolistas uruguayos no exentos de los caracteres de comportamiento físico y psicológico exhibidas por sus antecesores. Negados a jugar el Mundial del ‘34, como desquite a que Italia, el anfitrión, desestimó la invitación para el Mundial en Uruguay, y el del ‘38, al adherirse a los rebeldes americanos que protestaron por que el Campeonato se volviera a realizar en Europa en lugar de regresar a América, los uruguayos reaparecían en la escena mundial durante la Copa del Mundo de Brasil. Era 1950.

La tragedia del Gran Torino un año antes, la cual dejó a Italia sin la posibilidad de una selección competitiva, y la no disposición de Alemania para contestar la cita brasileña, tendía la alfombra hacia el campeonato del mundo a Brasil. El Scratch (o la Scratch, porque el sustantivo es femenino) arrasó a quien el sorteo le puso enfrente y hasta el partido final. Uruguay sólo tuvo que sortear a Bolivia para acceder a la fase final. 8-0, con cuatro metas de José Antonio Schiaffino. El título se obtendría mediante un cuadrangular. Brasil le puso 7-1 al marcador de su partido contra Suecia y 6-1 al del que lo enfrentó a España; Uruguay apenas le sacó el empate a los españoles, y un triunfo por margen mínimo a los de Escandinavia. El último partido del grupo aportaría un campeón para el incipiente palmarés de la competición. Por única vez, estaba asegurado que no habría que esperar más de noventa minutos para definir al campeón, porque el empate convertía en tal a Brasil.

La tarde del 16 de julio de 1950, las calles de Río de Janeiro estaban adornadas y preparadas para un desfile: el que protagonizarían los ya considerados campeones brasileños. El técnico uruguayo Juan López, quien ya dirigía a la Celeste cuando ésta tuvo victoria sobre Brasil en 1953, ordenó un dispositivo de estricta defensa para evitar la goleada. En la reunión de jugadores previa al partido, Obdulio Jacinto Varela, capitán de la Celeste convenció a sus compañeros de la equivocación de López, pues si jugaban con miedo, terminarían goleados como los precedentes rivales brasileños. El sermón del ‘Jefe´, como llamaban a Varela, concluyó con las palabras “A ganar porque podemos hacerlo”. Junto a él, Roque Máspoli –El ‘Tanque’ Tejera, el ‘Mono’ Gambeta, Matías González (llamado después el ‘León de Maracaná)- Víctor Rodríguez Andrade, compañero de zona de Varela- Alcides Edgardo Ghigghia, Julio Pérez, Oscar el ‘Cotorra’ Míguez, Pepé Schiaffino y Morán, se dispusieron sobre el campo para intentar lo imposible bajo la vigilancia del árbitro inglés George M. Reader, y los linesmen E. Ellis de País Galés y George M. Mitchell de Escocia.

Durante el primer tiempo Brasil se impactó ante la actitud uruguaya de no encerrarse. De Uruguay, de nerviosismo menguado al paso de los minutos, fueron las mayores ocasiones ante puerta. De Pérez a Míguez y de Míguez a Schiaffino fueron combinaciones que no detuvieron los defensas brasileños, sí los postes.

El 0-0 con que se llegó al descanso era causa de nerviosismo entre la ‘torcida’. Pero Brasil no apostaría por el empate que le garantizaba la Copa. Tras el saque del segundo tiempo, Friaca recibió de Zizinho, quebró, se cerró, cruzó y marcó. Maracaná explotó. Sentía una mano del Scratch sobre la Copa. De inmediato Varela corrió a la red por el balón para dar pasó a una imagen que ha quedado en la leyenda. El ‘Jefe’, con el balón en su mano, se le paró enfrente a Mr. Reader para reprocharle que su abanderado no hubiese cobrado un fuera de juego. Reader no hablaba español ni Varela inglés, por lo que sigue sin saberse con certeza lo que se dijeron. Más lo que salió de la boca de Varela. La trama psicológica montada por él, tuvo el objeto de enfriar el partido y tensar la situación y los nervios hasta del árbitro. Después, Varela dijo que si un brasileño tomaba el baló antes que él, lo echaría al centro para reanudar de inmediato y llegaría la goleada. Tras concluir su encuentro con el árbitro, Obdulio arrojó el balón al centro y exclamó: “Y ahora a ganar”.

El asombro de todos no tardó en manifestarse. Uruguay se tornó en una máquina de técnica y precisión, pero los brasileños, público y jugadores, eran reticentes a ver derrumbarse sus posibilidades, porque lideraban en el marcador y el empate bastaba. Al minuto 67 el ‘Tanque’ Tejera cortó un avance y cedió rápido para el ‘Mono’ Gambeta; este extendió hacia Míguez, quien a su vez asistió a Pérez quien al verse acorralado por Danilo y por Bauer, los defensas centrales brasileños, pasó el cuero a Schiaffino. Pepé quebró a Augusto, otro defensor, y con una bolea dirigió el balón hacia el ángulo superior izquierdo de Barbosa. Empate y enmudecimiento de Maracaná. Pasajero, porque el título aún les pertenecía a los brasileños, pero a Uruguay le quedaba que decir. Otra consecuencia de la sociedad Míguez-Schiaffino terminó de nuevo en un poste, pero la algarabía de la gente sólo era reprimida por momentos.

A once minutos del final, Varela lanzó a Ghigghia por la banda derecha. La defensa brasileña se cerró en el centro y envió un contingente para acorralar contra la línea lateral al mejor extremo derecho que ha dado Uruguay. Ghigghia no paró hasta casi perforar las áreas amarillas; en su último acto, eludió a Bigode y, en carrera imparable, se encontró cerca del final de la cancha, sin ángulo más que para el centro, por lo que Barbosa se tomó posición ventajosa para atraparlo. La estrategia de defensa brasileña había cuajado, pero Ghigghia, al ver que Barbosa descubrió el primer poste para ir por la esperada asistencia, mandó hacia el espacio que quedó entre el portero y su primera madera, un disparo casi inverosímil, pues el balón cruzó como espectro el poste y encontró reposo en la red.

Simultáneamente, Jules Rimet descendía por la escalera que tenía su cauce en la cancha, para preparar la ceremonia de coronación. Al escuchar el lúgubre silencio que acompañó el festejo uruguayo, el padre de los Mundiales hizo la pregunta Quién murió. Un guardia del estadio, con lágrimas en los ojos, lo enteró de que Uruguay había marcado el segundo gol. Rimet se apresuró, pues las medallas de campeón tenían grabados los nombres de los jugadores brasileños.

Cuando el señor Reader puso coto al partido, se desencadenó una tragedia que se complementó con sincopes, suicidios y enloquecimientos. Sólo once uruguayos parecieron ver la nívea cabeza de Rimet sobresalir entre el estupor camino a la entrega de la Copa. Invadido por la conmoción, Rimet busco a Varela; al reconocerlo le entregó la Copa y el protocolo lo hicieron sólo los ganadores.

Esa tarde del 16 de julio de 1950, cuando el carnaval más grande en la historia de Brasil estaba programado, el país, y sobre todo la ciudad de Río, tuvo aspecto de duelo, por gracia de once uruguayos que supieron asimilar la herencia de una estirpe de brujos.

Suiza ’54, el primer ocaso.

El hado no perdonó el desafío que le hizo Uruguay en Brasil, y para la cita de 1954, envío como favorito al equipo húngaro que se colgó el oro en Helsinski en 1952. El cruce determinó el enfrentamiento de Hungría contra Uruguay en una de las semifinales. Sólo Máspoli, Rodríguez Andrade, Varela y Schiaffino quedaban de la gesta de cuatro años atrás. Santamaría, Martínez, Córdoba, Cruz, Souto, Ambrosis, Hihnberg y Borges, fueron los otros uruguayos que saltaron a la cancha de Lausana el 30 de junio. Nombres casi anónimos, respecto a los del ´50, pero emuladores de la tradición ya forjada. Y no la dejaron caer ante el maravilloso equipo húngaro en el que muchos consideran el partido “más hermoso” en las historia de la Copa del Mundo, por el contraste de estilos, espectacularidad, goles, y lección de deportividad. Los uruguayos aplaudieron los goles magyares (2-4).

La cita del ‘58 fue la primera ausencia no voluntaria de Uruguay en las Copas del Mundo. A Chile ‘62 llegó una representación celeste en periodo de eclosión. Goncalvez, Luis Cubilla y Pedro Rocha, un enrome centro campista de creación que duró tres mundiales más y regaló su calidad en la liga brasileña, eran los emblemas de un equipo que se quedó en la primera fase. Para 1966, se incorporó Ladislao Mazurkiewicks, heredero de la mejor escuela de porteros uruguayos y sudamericanos.

En la cita inglesa, la Celeste alcanzó los cuartos de final, circundada por la suspicacia. Quedó segunda en el grupo de Inglaterra; el cruce de cuartos le deparaba al ganador del grupo de Argentina. La Albiceleste salió segunda detrás de Alemania. A los árbitros sudamericanos les dieron equivocadamente la hora del sorteo para los partidos de cuartos y cuando llegaron se habían hecho las designaciones. Al Inglaterra-Argentina, fue un árbitro alemán; un inglés quedó en el Alemania-Uruguay. 4-0 ganó la Germania, pero con el 0-0, no se concedió penal cuando Schnellinger detuvo sobre la línea de gol, con la mano, un remate.

La revancha uruguaya sería en el 70. Semifinalista. Detenido sólo por Pelé y compañía. Un gol del ‘Genio’ Overath en la final de consolación ubico a Uruguay en la posición cuatro general.

El ‘74 despidió a la remanencia de la última gran generación uruguaya. La Holanda mecánica les negó protagonismo y parte de la clasificación a la segunda fase. La reaparición en fase final de Copa del Mundo esperó para Uruguay hasta el ´86.

Eran los días de Enzo Francescoli, ‘El hombre del frac blanco’, Antonio Alzamendi, Rubén Paz, ‘Pato’ Aguilera o José Luis el ‘Oso’ Salazar (los aficionados de México, y de los Tecos, lo recuerdan campeón de goleo en la liga de aquel país, con 21 goles en la temporada 1986-87. El 75 por ciento de esos goles fueron porque convirtió los 17 penales que ejecutó durante la temporada. La serie de cuartos de final ante Cruz Azul se definió en lanzamientos desde la alba mancha, y la Uag quedó fuera al fallar Salazar el último tiro). Para el 90, el equipo apareció reforzado. Santiago Ostolaza, Hugo de León (él debió ser el líder de aquella selección), Pablo Bengoechea, Rubén el ‘Principito’ Sosa. Todos jugadores de primera línea, triunfadores en las principales ligas europeas y ganadores de torneos sudamericanos, y algunos de la Copa Intercontinental.

Con ellos, Uruguay sólo avanzó a octavos en ambos Mundiales, por la concesión de plazas a los mejores terceros de grupo. Carlos Miloc definió a esta generación como “una bola (o un grupo) de ladrones” a los que lo que menos les importaba era la selección. Los resultados quedaron como testimonio del paso de esta generación que sólo ganó la Copa América en 1978, y perdió la final de la de 1989 ante Brasil en Maracaná…. un 16 de julio.

Ausencia en 1994, y generación de oro surgida bajo la dirección de un conocedor de la cantera uruguaya, Víctor Púa, en el juvenil de Malasia en 1997. Fabian Carini conoció la fama en aquel torneo donde la Celeste obtuvo el vicecampeonato, por un penal detenido en la tanda desde los once pasos en la semifinal. Nicolás Olivera y Marcelo Zalayeta, ataque temible de esa selección, ganaron los balones de plata y oro respectivamente. La Copa América del ‘99 tuvo a Uruguay en la Final, gracias a dos definiciones de lanzamientos desde el punto de penal, salvadas por Carini. Nuevo subcampeonato. Pero ésta generación hizo hasta al más neófito creer en un regreso que sólo fue a la fase final de los Mundiales, en 2002, porque los días de éxito, con su garra, permanecen sepultados bajo la loza de las décadas.

Como la del ‘86 y la del ‘90, la generación actual juega más con la lengua que con los pies, y estos los usan para patear más hombres que balones.

Hace al menos cuatro décadas que Uruguay dejó de producir jugadores como los que pactó tener siempre con la Historia. Las características físicas y técnicas se mantienen, pero no existe más la figura referencial del psicólogo que ganaba partidos y campeonatos como lo hacían Nasazzi y Varela.

La generación que no consiguió el pasaporte alemán, es la más mala, ni siquiera mediocre como la del ‘86 y su versión reforzada del ‘90, en la historia del pequeño gigante. Mantienen la tradición de jugar en las ligas de mayor reconocimiento del mundo, pero sólo el ‘Chino’ Recoba es figura. Y de clase mundial. Carini puede llegar a serlo, aunque en Sydney olvidó sus cualidades de experto contendor de penales, al encomendarse al juego psicológico de anunciar el lado hacia el cual se lanzaría. Los Aussies no aceptaron el reto y aseguraron cobrando hacia el lado opuesto. Sólo Aloisi remató hacia el lado de Carini, que hasta entonces fue por el balón, pero éste lo sobró. Los demás jugadores están de relleno en sus equipos de club, y no hablan el lenguaje de Alvarito cuando se juntan para jugar juntos.

La cara cabizbaja de Fosatti camino al vestidor mientras Aloisi corría en semi shock por haber marcado el último lanzamiento, las lágrimas de Richard Morales, torre que no resistía el deseo de derrumbarse, y que sólo tuvo fuerza para intercambiar playera con su amigo, y esa noche verdugo de su sueño, Aloisi, y el estupor con que los demás celestes abandonaban la cancha, eran la cara de lo inevitable: Uruguay continúa siendo un equipo más que sólo puede vivir del recuerdo porque es incapaz de reiterar los logros de épocas que posiblemente no volverán mientras viva la generación actual.

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