Breve epistemología de las “Once mil vergas.”

El recorrido de construcción de la existencia analizado por Algirdes Greimas y Jaques Fontanille en su “Semiótica de las pasiones” [México, siglo XXI; las citas de este texto le corresponden] se tiene en el trayecto del tren que conduce al conde Vibescu, personaje estelar de las Once mil vergas de Apollinaire, a sus destinos en la ruta Bucarest-París. La oposición cultural marcada desde el comienzo entre estas dos culturas no se abordará ahora. Importa la del tren, objeto semiótico que las comunica, convertido en el ordenador del mundo potencial de Vibescu como sujeto realizado.
El tren, como convención semiótica que pone en contacto a agentes humanos, es el medio para desatar el conflicto de la novela. El discurso que promueve, como significante de viaje, sufre una fractura premeditada en el argumento para desencadenar el conflicto. La fractura es vista como un fragmento de vida con organización actancial, modal y aspectual idénticas, no como competencia social; sí posicional. No social porque Vibescu, hospodar que auto heredó simbólicamente el título de conde, escinde bajo su estatus la intención de una pasión violenta, propiciadora de la fractura, que lo transforma en otro sujeto. Las experiencias sexuales tenidas en el tren, conforman la persona semiótica en Vibescu, quien al bajar tiene sentimientos de culpa y de satisfacción.
El cuerpo humano, en las teorías de Greimas y Fontanille (G&F), es un estado de mediación entre lo extero y lo interoceptivo, mediante el que el sujeto reorganiza, o configura, su mundo. El modo de existencia planteado por ellos se compone de un sujeto virtualizado, otro actualizado y uno realizado. Es el esquema del recorrido.
Vibescu, arquetipo del andador errante típico de la novela erótica, encarna al sujeto semiótico nodal que necesita de prótesis para estar completo. Su prótesis es otro cuerpo humano cuyo uso potencializa al sujeto insertando un cuarto nivel en la estructura del modo de existencia: el potencializado, que G&F ubican entre el sujeto actualizado y el realizado, lo que lo pone al comienzo del recorrido, antes que el virtualizado.
Y es que el sujeto Vibescu es aquel arquetipo entendido sólo en términos de acción, por ser de principio dinámico. Es sujeto de hacer, no de estado; su modalización se concibe sólo al pasar por el vertimiento del objeto –el cuerpo- para darle un valor semántico. Entonces el objeto se impone al sujeto entendiéndose el motivo de la pasión de Vibescu. Lo que hace de los sentimientos un valor es un orden contrario a su contenido semántico. Así, la atracción por el cuerpo que convencionalmente significa amor o afecto, adquiere la valencia de la lujuria.
La potencialidad de Vibescu como sujeto potencializado está manifiesta antes del recorrido mediante la emulación, definida para el caso como la reproducción de la imagen modal que proporciona “el otro” hacia el que apunta el sujeto de la emulación. El acompañante de Vibescu, el vicecónsul Forniski, es el emulo que se convierte en el receptor de la acción de la pasión del hospodar, quien decide viajar a París en busca de mujeres que “encular.” Es decir, ya era sujeto potencializado, y es este comportamiento el que se inserta, con las experiencias en el tren, y en las que tiene durante su estadía en París, en el esquema de G&F.
La novela no relata el discurso de la pasión, sino el del que la acoge. Lo primero implicaría convertir en sujeto el objeto amado; en las Once mil…, el cuerpo sólo es objeto porque el horizonte tensivo de la novela no está polarizado. El sentido y la atracción física, propiciados por el sentido de la vista son casi el mismo (o el mismo) sentir no polarizado: ver es ponerse en tensión y en condiciones de la copula. En esta el sujeto se despoja de su carácter de tal al dejar su posición actancial a cambio de la de un prototipo de actante (el arquetipo de la novela erótica) que exhibe solamente la potencialidad del sujeto. Esta escisión actancial concede fe al valor conferido al objeto; es un “metacreer” que hace a Vibescu y a los personajes a los que mediante la emulación traslada las marcas de sus comportamientos (los principales, Culculine y el hombre al que, vestido el hospodar de militar, obliga a la copula con su hijo); por eso la reiteración de la orgía.
El cuerpo, centro de referencia de la escenificación de la pasión, es el vínculo con la fractura para propiciar el sentido que convierte a Vibescu en sujeto discursivo de todos los roles actanciales para escenificar la pasión hasta configurar, incluso, una moral que justificaría la promovida inclusión de las Once mil… en programas académicos. No es la moral del arquetipo de la novela erótica, el cual no suplica para ejercer la copula, sino que la ejerce porque puede comprarla y la busca primeramente en donde le ofrecen el servicio. Es un ser de alta moral por estar determinado por una taxonomía sociolectal inmanente: reposa en una tradición sociocultural, no es una construida. Este tradicionalismo lo convierte en mito literario.
La moral de las Once mil… es la de la vuelta al mito platónico de la no distinción de los sexos. El padre que en la novela copula con su hijo por ser lo natural de la especie, y el mismo Vibescu al hacerlo con Forniski, muestran una división universal de las diferencias de un mundo continúo. Lo plantean G&F: “somos todos iguales, todos culpables, no hay valor en sentido axiológico ni valor en sentido estructural” (p. 38). Y establecen la categoría como una solicitud de unidad que funge como red de relaciones estables que totalizan las contrariedades resolviendo la tensión entre lo “uno” y lo “múltiple”, promoviendo un despojo de las máscaras sociales que inhiben el ejercicio de lo natural.

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