Códigos de conducta sobresalientes en 1984 de George Orwell.

La primera sensación expresada por algunos en el inicio de la llamada contingencia, fue la similitud con la obra de Albert Camus, Ray Bradbury o José Saramago. Tras el convencimiento de que no era una cuestión de ratas, extraterrestres o ciegos, se pudo llegar a la vigencia de quien es posiblemente el icono de la novela de anticipación y el mayor escritor político del siglo XX. Dicen que éste no se entiende sin George Orwell, pseudónimo de Eric Arthur Blair (Motihari, 25 de junio de 1903–Londres, 21 de enero de 1950).
Una sociedad de pensamientos controlados por un régimen totalitario, incluso sustentado en la promoción de enfermedades que determinaban códigos de conducta que alcanzaban hasta la prohibición del contacto físico, ya estaba en 1984, novela en la que Orwell desnudó el totalitarismo que regiría a gran parte del planeta en el comienzo del siglo XXI. “¿Cómo lo sabía?”, se preguntaba la gente de Europa del Este que leía 1984 y Rebelión en la granja todavía en el siglo XX.
Además de una semántica del discurso político, exposición que en Orwell traduce a un lenguaje cruel y realista los eufemismos de la verborrea política, se encuentra en esas obras la implementación de aquellos códigos de conducta, tendientes a anular toda sensibilidad.
“Tal vez el Partido (así llama al gobierno en 1984) estaba podrido bajo la superficie, su culto de fuerza y autocontrol no era más que una trampa tapando la iniquidad. Si hubiera podido contagiarlos a todos con la lepra o la sífilis ¡con qué alegría lo hubiera hecho! Cualquier cosa con tal de podrir, de debilitar, de minar”, escribe Orwell en 1984 [parte segunda, C. II; se sigue la edición de Narrativa actual, Barcelona, 1993].
Todo ejercicio afectivo y amoroso era condenado porque liberaba energía que, caso de ser reprimida, provocaba un estado de excitación y de histeria, que derivaba en “una fiebre guerrera y en la adoración del líder” [parte segunda, C. III]. El ejercicio de los afectos era visto por Orwell como un acto político, reaccionario, ya que iba en contra de las normas establecidas por el Partido.
Era parte de una visión del mundo inventada, aceptada por la gente de los estratos sociales más bajos que por su tendencia a sobrevivir, no se preocupaba de lo que realmente pasaba. O se le distraía (caso significativo es cuando en Rebelión en la granja, los cerdos al ingresar a la casa no reconocen una televisión, pero les agrada porque notan que distrae a quien se quiere dominar). Esta semiótica del engaño no es ahora tema del análisis, orientado hacia los códigos de conducta social apreciados en 1984.
El impedimento de los afectos comenzaba con una proxémica. Cuando Winston Smith y Julia caminaban por la calle, buscaban la manera de estrechar sus cuerpos furtivamente para burlar la vigilancia del Gran Hermano, pues este ejercía coacción por el contacto físico.
En su libro La semiología, Pierre Guiraud [se sigue la edición de Siglo XXI, Barcelona, 1975] habla de la proxémica como la distancia en relación al interlocutor [C. V], y establece categorías. Para un murmullo débil, establece una proxémica de

“Muy Próximo” (Muy secreto), de 5 a 20 cms;
para murmullo audible, “Próximo” (Confidencial), de 20 a 30;
en el exterior, plena voz, “Cercano” (Confidencial), de 30 a 50;
voz baja “Neutro” (asunto personal), de 50 a 90.
Para Plena voz, “Neutro” (Asunto no personal), de 1.30 a 1.50 m.;
plena voz, con ligero énfasis, “Distancia pública”. (Información pública destinada a ser escuchada por otras personas además del interlocutor) de 1.60 a 2.40 m.

Así, el código social pretende abolir la intimidad en aras de un distanciamiento hasta el límite del desconocimiento de la otra persona. En la situación moreliana, la distancia propuesta para separar espectadores (dos asientos), aproximadamente un metro, marca que el código de conducta social a seguir es de asunto Muy secreto a Asunto no personal.
Se establece aquí una red semiótica en la manera que Umberto Eco [cf. Signo, Barcelona, 1973, p. 39] lo plantea mediante Hall y el ejemplo de la mesa de despacho. La distancia que incorpora la mesa es ya un código significativo, pues dice si se está ante un director general o ante un empleado modesto.
De esta forma, la distancia interpersonal, como las señales de tráfico o las notas de ¡fir-mes! [Ibid., p. 41], tiene el objeto de significar. Se trata de un signo comunicativo “emitido intencionalmente y como instrumento artificial”, pero que puede llegar a traicionar. Eco ejemplifica [Ibid.] con el signo de virilidad que denota un hombre con uniforme, armas, caballo…, pero “le traiciona, o expresa” un exceso de hormonas femeninas.
Es como Julia; pese a su cinturón de castidad y a su activismo anti sexual, disimula su libertinaje sexual. Porque dejar de amar constituía una traición al ser amado y a uno mismo. Fingir ser cómo los demás era el medio de estar seguro de la Policía del Pensamiento. “A veces te amenazan con algo…, algo que no puedes soportar, que ni siquiera puedes imaginarte sin temblar. Y entonces dices: No me lo hagas a mí, házselo a otra persona, a Fulano de Tal […] Crees que no hay otra manera de salvarte (porque) sólo te importas entonces tú mismo”, dice Julia [parte tercera, C. VI].
Pensar en sí era la traición; el temor propiciaba distanciamiento. Es una semiótica del temor, propia de otro análisis.
Una finalidad grave del pensamiento de 1984 es la veda del pensamiento. “El Gran Hermano te vigila”, era como un lema de la Policía del Pensamiento mediante la que el Partido era dueño hasta del pensar de la gente. La Policía del Pensamiento vigilaba hasta los gestos de las personas y con la conducta impuesta mediante códigos de conducta controlaba hasta lo que había en sus mentes.
Si un enemigo no existía, era inventado. “Casi con toda seguridad, las bombas cohete que caían diariamente sobre Londres eran lanzadas por el mismo gobierno de Oceanía sólo para que la gente estuviera siempre asustada” [parte segunda, C. V], es otra reflexión fundamental que conduce a la metáfora del cuento de hadas de John Lakoff [citado por Cuenca y Hilferti en Introducción a la lingüística cognitiva, c. 4] estructurada por los elementos Nosotros (gobierno), Ellos (víctima) y los Otros (el enemigo) mediante la que se crea una opinión pública para que Ellos se unan a Nosotros en la lucha contra los Otros. De esta manera se induce a un modo de pensar y eso lleva al control de la mente colectiva.
Mantener la creencia de un enemigo físico o epidemológico cumple esa función, pues la gente, atemorizada, sólo piensa en su protección y seguridad.
En tanto, el Partido (para no dejar la terminología orwelliana) diseña nuevas estrategias de control sin intromisión porque -y esta es acaso la mayor estela de reflexión dejada por 1984- ¿quién vigila a los que vigilan?

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