Festival de música de Morelia. Tanya Anisimova, qué muchachita tan aplicada.

Para el sábado, una espectacular rusa ocuparía la atención en la Sala Niños cantores. La primera impresión fue la de una estudiante británica desorientada y desesperada. Lo estaba Tanya Anisimova el sábado 14, una semana antes de su presentación. Apenas poner Milton un pie en el conservatorio, escuchó detrás una voz desesperada. Ante la impotencia de no poder darse a entender la dueña de la misma por su desconocimiento del español, escuchar respuesta en inglés relajó la expresión de su rostro, pero sin dejar la desesperación. Hubo que llevarla por el casi laberíntico acceso del Conservatorio, que ella conoce bien de su estadía como profesora invitada allí en 2005. Mas esa tarde, la chica no ubicaba nada. Por la búsqueda de personas diferentes en el edificio, Milton la dejó con los taquilleros, quienes le informaron del salón al cual Tania quería dirigirse. Se despidió –de Milton- con un guiño coqueto en un rostro ya contento.

La espectacularidad de su figura, pese a caderas anchas que denotan la falta de preocupación por eso, fue más notoria siete días después en la rueda de prensa, pese a que entonces también vestía jeans. Su rostro, empero, era radiante, liso, con dos aceitunas finas, que bajo una nariz respingada rehuían el contacto visual personal, y que denotaba su verdadero origen en el juego que hacían con su faz, esta ya sin la palidez del día 14, causada por algún desvelo o exceso de trabajo.

Criada por sus abuelos, porque sus padres estaban dedicados al estudio, comenzó en la música a los seis años y a los siete con el instrumento que le daría reconocimiento: el chelo; con él ganó el Premio Concertino Praga a los 15 años; el primero de su palmarés. Su abuelo la introdujo en la tradición musical de Chechenia, donde ella nació y eso la impregnó del folclor de su tierra. Para su concierto del sábado hizo, previamente, una transposición de si vemos a sol mayor en la apertura: Suite Nº 4 para violonchelo solo en mi bemol mayor BWV 1010 de JS Bach. Bach comprendió que la tonalidad de sus composiciones debía tener el rasgo de resonancia de la clave; por eso es que con el cello, Tanya intentó que las cuerdas al aire dieran una resonancia notable, pero no salió de la regularidad este interpretación en la que tuvo calculado tomar las cuerdas sin bajarlas ni subirlas para no tener defecto.

A continuación, seguiría Brahms, con su Sonata para violonchelo y piano en mi menor, Nº 1 op. 38, que a decir de Tanya tiene todo lo que puede esperar un ejecutante del cello (ella habla por el instrumento que toca): tristeza, alegría infantil y –desenlace- una fuga de Bach que acaba en una charda húngara (rió al decir esto último). Los registros altos de su acompañante al piano en esta composición, Alexander Pashkov, llegaron a inhibir el cello en algún pasaje porque Tanya fue tenue en lugar de sutil.

El intermedio trajo cambios al programa. La suita para celo solo de Casals se incluyó en el programa en lugar de una composición propia, Variaciones sobre el tema popular catalán “Cançó dels ocells”, para luego dar paso a Ravel con Pieza en forma de habanera, para violonchelo y piano otra vez con Pashkov al piano.

Completaron el programa Pablo de Sarasate con Aires gitanos (transcripción de Tanya que ella estrenó durante aquella estancia moreliana en 2005) y México-Moscú para violonchelo y piano de Tanya, quedando fuera Rodion Shchedrin con En el estilo de Albéniz, para violonchelo y piano.

Para Aires gitanos el registro del cello había alcanzado un sobresaliente con cuerdas precisamente tocadas; no hizo una posible sorpresa que Tanya anunció un día antes, y el encoré –Schumann- terminó de cautivar por la falta de caída del registro, que entonces sí supo ser sutil, y la técnica.

La noche del jueves 19, Anisimova se sorprendió de estar solo con Pashkov, preparando el concierto en el Conservatorio, y del silencio que había en el edificio, pues en el conservatorio de Virginia, ciudad donde ella vive, y en el de San Petesburgo, de donde proviene Pashkov, los alumnos hacen largas filas afuera de los salones a todas horas. Alexander la sacó al balcón y le mostró que casi todos los clientes de tres cafeterías que hay enfrente, eran alumnos; eso motivo un reproche de Tania a los chicos, por perder el tiempo, porque para sobresalir, hay que dedicarse sólo a lo que se desea hacer. Aunque no puede dar una opinión sobre el nivel del Conservatorio debido a que tiene contacto con pocos alumnos –a los cursos que dio miércoles y jueves asistieron solamente dos conjuntos-, esa imagen le habrá quedado como muy referencial.

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