Cine pornográfico de los años 20.

Cortos: Viaje de bodas, Lesbianas calientes, Trío de muchachas, Té para dos, Tomasa y Juana en el jardín, Los cazadores, El bohemio y El monje loco. Cineteca de Michoacán.

Fueron encontrados, según se lee en el programa de mano, durante una catalogación de la Filmoteca de la Unam y siguieron el antecedente de estas funciones sentado por un festival que en octubre 10 de 2007 presentó en una exquisita función casi de media noche, seis cortos también propiedad de la Filmoteca.

Uno de esos, Viaje de bodas, abrió esta tertulia fílmica, destapando un pudor anacrónico de la cultura mejicana ante las coacciones morales impuestas por una época más mojigata que la actual.

La censura, incluso gubernamental, hacia esta categoría de filmaciones en épocas pasadas, reprimía una moral encontrada en el erotismo, no en lo pornográfico ya que esto, como bien explicó el programa de mano, es referente a la vida y costumbre de las prostitutas.

Pero se sigue el mismo esquema en tanto que la práctica sexual, sin distinción de roles sociales, reposa en una tradición sociocultural, no en una construida.

Los siete cortos de esta función recopilan un tradicionalismo cultural que pasa por la hetero, la homosexualidad  y lo zoofilico, mostrando la división universal de las diferencias de un mundo continuo.

La visión diferente que se tiene hoy de estas prácticas se ve favorecida en el canal de comunicación del cine de los años veinte, el cual mudo, con su lentitud, hacen jocosos los relatos, algunos de los cuales comparten constantes de lo furtivo del ejercicio de la sexualidad.

El campo aparece como lugar de trasgresión, tanto como la alcoba nupcial, escenario de orgías con alcances de ninfomanía. Mediante la vista, el sujeto actancial se convierte en sujeto potencial para la copula, misma que ejerce de manera didáctica.

Cabe aquí lo escrito alguna vez acerca de la moral de la novela erótica que debería convertirla en material académico. Porque estos cortos orientan sobre la naturaleza reprimida mediante un erotismo que por salvaje no deja de ser algo innato a la especie humana.

Ya lo dijeron Greimas y Fontainelle en su semiótica de las pasiones: “somos todos iguales, todos culpables, no hay valor en sentido axiológico ni valor en sentido estructural”.

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