XXIII Festival de música de Morelia. Balance y diccionario. El imperio de la música de cámara.

Sin grandes nombres ni presencias orquestales, y sólo algún excelso solista, la edición del Festival sentó las posibilidades de manutención de a música de concierto en raíces de esta, aunque la creación de públicos la contemple con otros géneros.

En la etapa que inició con esta edición, el Festival mostró no haber alcanzado madurez plena. No influyó el cambio de organización, ya que Miguel Bernal Macouzet, este año la figura llorada, tuvo aún que ver en el cambio de modos, repartos e imagen.

La madurez se valora en la manutención de un estándar de calidad. Respecto a ediciones recientes, la número veintitrés quedó rezagada por la falta de grandes nombres, porque los jóvenes o agrupaciones de promoción, sólo salvaron con dechados de dignidad las noches del Festival.

La parte técnica sentó uno de los debates torales del Festival. Aunque se había visto en ediciones muy recientes, en la de 2011 saltaron los cuestionamientos a los ejecutantes sobre las posibilidades de la música clásica con instrumentos modernos.

Por eso se anotó aquí que la presencia de la Orquesta de la Academia de Viena sentaba la línea del Festival. A decir de Martin Haselböck, director de los vieneses, desde hace cerca de treinta años los conservatorios enseñan con instrumentos contemporáneos, por lo que los nuevos valores se educan con eso.

Sin embargo, él mismo, como Viktoria Mullova, han cambiado arcos y cuerdas para tratar de recuperar la esencia de la vieja música, porque los nuevos instrumentos ofrecen variaciones sonoras, si bien, estas no son apreciables para el oído no absoluto.

Cuarteto Janacek y Mozart Piano Quartet, respetaron mucho las formalidades de los antiguos en las interpretaciones, pero ellos destaparon la imagen mediana del festival. Los nombres de estas agrupaciones crearon expectativas que sobre el escenario no pudieron sostener, porque sus nombres provienen más de tributos a apellidos insignes que a la representación seria de tradiciones que denotan. Aún así, ofrecieron participaciones muy dignas, pero eran nombres mayores los que reclamaba el Festival por el impulso que otros le habían venido dando.

No dedicarlo más a un país, como ocurrió de 2002 a 2009, negó en parte lo anterior. Porque la nación invitada enviaba parte de lo mejor que tenía al involucrar la imagen de su cultura. Ahora se vieron agrupaciones con imagen promocional.

Viktoria Mullova y Matthew Barley ensamble, y Homero Francesch, salvaron la gran calidad, si bien, la primera con un espectáculo ajeno a lo clásico en su segunda presentación, compartida esta con el ensamble. El suizo de ascendencia uruguaya, dejó el mejor concierto visto a un solista en varios años en Morelia, con su ejemplar interpretación –incluso sin partitura- de Liszt.

Mullova fue figura excluyente por dos razones. Su calidad, demostrada en su primera salida al escenario para toca solos de Bach en el Ocampo, y por al aporte de novedad que dio en el Morelos a un Festival que busca públicos nuevos a partir de la inclusión en sus programas de géneros ajenos a los clásico. Este es el otro debate toral.

El jazz aumentó sus carteleras, estelarizando las actividades paralelas, como refuerzo incluso a estar involucrado en las actividades del Conservatorio de las Rosas que durante el Festival anunció la creación de una big band jazz.

La música de concierto, empero, debe seguir siendo el sostén del Festival, que estuvo huérfano de grandes orquestas. La Osidem quedó reducida un ensamble de fondo que sobre el escenario peleó el protagonismo a Voz en Punto, en uno de los conciertos infantiles, junto con el del Coro preparatorio de los Niños cantores de Morelia, que entró en el espacio de promoción junto con la Orquesta de Cámara del Conservatorio, misma que ya tiene su sitial cada año en el programa.

La Orquesta de Viena no llenó el vació de grandes orquestas por haberse notado regular, y fueron los juveniles alemanes los que salvaron esta parte de un Festival sobrado de conciertos camerísticos, dejando la línea que había tomado con orquestas de altura. La falta de estas, redujo el evento a un modesto festival de música de cámara, con incursiones no menos dignas como las corales. Ney York Polyphony salvó esta parte.

La música sin patria constituyó otra atracción, además del Matthew Barley con Constantinopla. Como en todos los casos citados, se hicieron las anotaciones al respecto en las notas correspondientes. Jordi Savall y su espectáculo quedaban como una apología al contraste entre lo clásico y lo moderno con la muestra de una de las mejores tradiciones hispanas con algunos instrumentos contemporáneos. La cancelación, debido a enfermedad que pronto le quitó la vida a su esposa, permitió conocer de cerca a Misha Maisky y Ari Ostrowski.

El cambio no fue muy favorable de acuerdo a la expectativa de la organización de sustituir el concierto final con algo de calidad semejante a lo de Jordi. La Orquesta de cámara del Conservatorio no tiene los alcances para un concierto de estos, que quedó en vulgar, por su contraste respecto al de Savall, aunque la presencia del de Letonia quedó en memorable.

Ha sido una edición de transición. El regreso a la apertura hacia un mosaico multinacional reclama balance en los programas, y esto lo debe dar la vuelta de grandes orquestas y agrupaciones de mayor nombre que las vistas en 2011, sin negar la promoción a algunas, ya que el proyectar nuevos valores o talentos desconocidos, es función primaria que no debe perder el Festival.

 

El diccionario.

 

El conteo de la A a la Z dejó, en apreciación siempre muy particular, lo que sigue:

 

Audacia. La de Homero Francesch para tomar el piano con obras complicadas.

Belleza. La de Madeleine Landlinger, directora de la Orquesta Filarmónica Juvenil de Alemania. Parecía desmontada del caballo de una Walkiria.

Cambio. El del programa de clausura. No había sucedido.

Diva. Viktoria Mullova. Llegó a la primera rueda de prensa que dio, como tal, y sobre el escenario se comportó igual.

Exposición. Transcripciones musicalográficas, permitió al Festival involucrarse con otras artes.

Falta. De grandes orquestas.

Gastronomía. La muestra gastronómica anunciada con platillos de los países invitados, consistió en ligeros banquetes de ágape en beneficio de escuelas culinarias.

Homenaje. Miguel Bernal Macouzet fue recordado.

Incomodidad. El tapete floral hecho por gente de Patambán obstaculizó las peregrinaciones hacia San Diego. Los feligreses, por no pelear, cambiaron su ruta.

Juventudes. Tuvieron su oportunidad varias agrupaciones menores. Alguna, respondió por los grandes.

Kilometraje. Largo el acumulado por Misha Maisky, quien voló desde China donde tocó dos días antes que en Morelia.

Lluvia. La que cayó fugaz en Palacio de gobierno y motivó que la segunda parte del concierto de los alemanes se diera desde la planta alta. Ya en la clausura 1999 la Roman Camerata de Suecia tocó con una cascada de fondo por las goteras que tenía el teatro Morelos.

Misterio. Uno de los sabores del agua en la sala de prensa. Por el color, daba miedo adivinar.

Negrito. El Negrito bailarín, volvió a quedar fuera de un programa de Cri-Cri.

Ñoña. Natalia Lafourcade.

Organización. Quedó en aceptable, por la demora en el comienzo de los eventos.

Presentación. El programa de ruedas de prensa se dio ahora en papel membretado y maquillado.

Quejas. Las de público que no tenía buen lugar, o ni lugar, y clamaba por los reservados “para la prensa que nunca viene”.

Reventada. Una cuerda del violín de Mullova en el Morelos. El ensamble aguantó prolongando notas mientras ella fue a cambiarla.

Siete. El número de minutos después de la hora con que se daba la tercera llamada. La puntualidad no se respetó.

Tributo. El que Janacek y Mozart Piano rindieron con sus nombres a dos grandes.

Unicameral. Dominio de la música de cámara en esta edición.

Vaniloquios. Los discursos en la apertura. Fueron los más olvidables en años. Wahla. El paraíso de la mitología germana se trasladó a Morelia con la presencia en las calles del Centro de las chicas de la Filarmónica juvenil. Sobre el escenario, hubo un elenco de serafines.

Xenofilia. La que despertaron los músicos extranjeros en damas y caballeros.

Yerro. El del maestro de ceremonias en la exposición, al elevar a Heroico al Ayuntamiento.

Zozobra.  La vivida por la enfermedad y posterior fallecimiento de la esposa de Jordi Savall.

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