El espanto de la modernidad.

El origen de la promoción que los medios de difusión hacen del crimen como denotación del desarrollo de la cultura mejicana, enseña los metalenguajes de prácticas denostadas que han llevado parte de la dinámica del aquel desarrollo.

Meses atrás, en una exposición se apreciaba el poder de influencia que la prensa obtiene sobre el público mediante la inserción publicitaria.

La prensa vuelve a ser significativa en la conformación de una morfología de la cultura mejicana, con la difusión continua que hace de crímenes y delitos. La fotografía es su mayor artificio.

Cuarenta y cinco fotografías de los archivos de la familia Casasola, que durante generaciones tomó alrededor de cuatrocientas mil, transportan hasta el Méjico inmediato a los años posteriores a la Revolución, años en los que el aumento de criminalidad obtuvo la promoción de ser, acaso, el mayor significante de desarrollo.

Así lo explica la exposición. Pero el tema trasciende hasta la identificación de códigos que hacen comprender el valor del retrato ‘policiaco’, sin necesidad de relacionarlo con el periodismo.

La mayoría de las imágenes que arman la exposición corresponden a reconstrucciones de hechos delictivos; algunas son imágenes reales en ministerios públicos. Con esto hay una partida semiótica para el análisis. La reconstrucción, más si es perpetuada en una fotografía, no es sólo la sustitución de un hecho, sino el hecho mismo. Por allí van los análisis que de la fotografía y el retrato hacen semióticos y pensadores como Paolo Fabbri y Iuri Lotman. Barhes los sigue con su Cámara lucida.

De esa manera, la fotografía No se reserva el punctum. De inmediato provoca. Revivifica el instante. Fabbri (en “Las pasiones del rostro”, en “Tácticas de los signos”) le atribuye cualidades de registro fisiognómico y patogmático a partir del rostro: la aptitud y la pasión. El rostro es el soporte del punctum.

Del diccionario italiano, Paolo toma cualidades de cada parte del rostro. Las cejas denotan severidad y altanería; los dientes: venganza, rencor y amenaza; los cabellos: capricho, horror y espanto; la nariz: sagacidad, indignación y disgusto; los ojos y labios: hostilidad, condescendencia, entendimiento o agresividad.

Antes que eso importan los planos espaciales. Hay que ir a la coherencia cultural. De acuerdo a este argumento lingüístico, el sistema cognitivo hace corresponder las partes de antinomias culturales con espacialidades a las que da la valencia de las mismas (lo alto se relaciona con lo bueno y lo claro; lo bajo con lo malo y lo oscuro…)

En las fotografías de El espanto…, el rostro desborda los metalenguajes. Miradas hacia arriba (la del detenido que llega a la comisaría) que denotan euforia, o gachas que son síntoma de malestar en situaciones variadas.

No siempre la mirada hacia abajo refleja o transmite dolor o pena. Las poses y rostros de los forenses y peritos que examinan cadáveres, imagen reiterada en la exposición, remiten a “La lección de anatomía” de Rembrandt, que Lotman toma para una explicación similar en su análisis al retrato, en el segundo tomo de La Semiósfera.

En ese apunte expone la dinámica del retrato. La fotografía, dice, es un presente. No tiene más que el momento.  El retrato es dinámico. Incluye planos temporales, porque va del recuerdo hacia el porvenir.

Ayuda esto en el análisis. El espectador se traslada en el tiempo, hacia adelante, con la mujer que apunta su sien con una pistola para suicidarse, o con el detenido que espera sentencia.

A los postulados de Fabbri y Lotman, cabe agregar la función de las manos como el objeto de uso que desborda los planos temporales. Porque son las que desencadenan la dinámica de la fotografía; a esta, como se ve, se transfieren las cualidades del retrato en El espanto….

Las manos fungen como el querer-hacer de la semiótica de la pasión (se ha tratado con Greimas en otros apuntes aquí). El delito, o el crimen, es eso. La construcción de una nueva persona semiótica.

Aquí entra el caso de Lotman. El cadáver, para él, es un no humano. Pero un brazo o una mano (por mencionar lo que se ve en la exposición) no dejan de ser lo que son. Mientras se mantengan intactas a la revisión del forense. Porque una vez tratadas, ya no son parte humana. Son un mero objeto médico. La humanidad se ha perdido.

Bajo esa dinámica se comprende la exposición. Una visión exclusiva a cada fotografía, desbordaría un análisis similar a este. Una visión como mero entretenimiento, remite al goce de la cultura de masas basado en la reiteración. Como la que ofrece la prensa en sus páginas rojas, que con la atribución de crímenes a grupos de reciente aparición, mantiene la función de ver el crimen como un síntoma irrebatible del desarrollo social.

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Un comentario en “El espanto de la modernidad.

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