La conjura de los Acuerdos por Michoacán.

Las faltas de las mujeres, de los niños,
de los criados, de los débiles, de los pobres
y de los ignorantes son faltas de los maridos,
de los padres, de los maestros,
de los fuertes, de los ricos y de los sabios.

Víctor Hugo, Los miserables.

 

La insistencia en acuerdos para mejorar la administración del Estado, denota que el Ejecutivo intenta justificar su gestión con una estrategia de persecución y castigo, generando divisionismos sociales, que hace ver más grande y grave la presencia de grupos opuestos que demandas ciudadanas de las que se desvía la atención con lo que para el titular del ejecutivo y su gente es una guerra.

             Entre los siete “grandes proyectos” por Michoacán mencionados por el hablante en su toma de protesta como jefe del Ejecutivo de ese estado, no asomaba uno para la seguridad. Se recuerda que el tema apenas lo tocó en el discurso de ocasión. Pero en el análisis presentado entonces, se distinguió en ello la notoriedad de establecer con una de las menciones a la seguridad, una antinomia de grupo. El nosotros como persona política se develó como un binomio del Ejecutivo con el gobierno federal con el fin exclusivo de hacerle partido a los que ellos estiman como delincuencia y crimen organizado.

Quedaron, como es constante en el discurso político, oscuridades en cuanto a la identidad de tercera persona plural, ese nosotros que analistas del discurso del siglo XX no aciertan a determinar. Aquí se ha abierto la disyuntiva sobre si se refiere al grupo político en el poder o al grupo integrado a ese grupo.

El “Acuerdo por Michoacán”, presentado y firmado junto con una “Agenda emergente por Michoacán”, marcó las fronteras de esa persona y dejó sin cubrimiento el fin, ser y principio del Ejecutivo.

El Acuerdo presentó seis “líneas y compromisos estratégicos de atención prioritaria”: Desarrollo Económico, Competitividad y Empleo; Desarrollo Social; Administración, Finanzas, Transparencia y Rendición de cuentas; Gobernabilidad, Seguridad Pública y Justicia; Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación; Recuperación de la imagen y la confianza en el Estado. Importa la cuarta.

El segundo acuerdo, firmado como “Acuerdo de Coordinación para Proporcionar Apoyo en Materia de Seguridad Pública” reforzaba el discurso de persecución y castigo que ha instituido la lingüística de la administración vigente y desplazaba hasta la marginación las demás líneas del Acuerdo de agosto. De hecho, nada había prosperado de dicho Acuerdo.

Los discursos en los dos acuerdos (del gobernador interino el del primero; del electo el otro), presentaron contextos sociales similares. Expresan un entorno de guerra.

Se vio en otro texto la funcionalidad en un discurso de términos relacionados con la guerra, en una exposición de George Lakoff acerca de la metáfora como algo serio por aplicarse sobre la guerra; porque en esta, dice, hay que acudir a una estrategia de persuasión para obtener el respaldo de la opinión pública. El discurso metafórico como estrategia resulta eficaz porque transforma una concepción determinada en otra más familiar.

Comportamientos y disposiciones del discurso político están configurados en base a metáforas del belicismo. En política se hacen estrategias, y se ganan o se pierden terreno o posiciones; o es una contienda en la que se gana o se pierde.

Este sistema conceptual permea las acciones políticas, con expresiones como las que el hablante había dado en sus discursos que aluden al segundo Acuerdo; se sintetizan las oraciones por mera practicidad de la exposición:

Este Acuerdo contempla aspectos de prevención y combate.

            Este acuerdo no sólo permitirá el combate de la violencia a través de las fuerzas armadas.

            Vamos por ellos.  

Cumpliré asumiendo el desafío de atacar frontalmente el fenómeno de la violencia.

            No daremos tregua.

Sobre las frases en letra más negra, se mencionó en un apunte que así aparecían resaltadas en el comunicado oficial.

Corresponde esa distinción a la estructura de otro discurso dictado por el hablante. Un discurso a la manera de la definición que de discurso da Sigfried Jorgen: una “concepción del habla que se encontrará institucionalmente consolidada en la medida en que determine y consolide  la acción y, de este modo, sirve ya para ejercer el poder.

Así, la estructura de este discurso parte de presentar como protagonistas o referentes al crimen organizado y a la delincuencia, que conciben a la pareja víctima/enemigo.

Se marca desde la estructura del discurso con los procedimientos de enunciación, atracción y estructuración, que expone Vicente Castellanos Cerda en “Los medios de comunicación como traductores de las culturas contemporáneas. Una perspectiva desde la semiótica de la cultura de Yuri Lotman” [en “El laberinto de la cultura. Estudios de semiótica”, Universidad de Guadalajara (más fuentes están en “Funciones estratégicas…” en un discurso, en este blog.)]

El hablante inició el discurso previo a las menciones de protocolo:

Con su permiso Señor ***.

Son mis primeras palabras para expresar mi solidaridad y compartir el dolor de todos aquellos que han sido víctimas de actos delictivos, o han sufrido afectación en su persona, en sus bienes, en sus familias y en sus amistades.

Hago pública mi más enérgica indignación por los hechos recientes y manifiesto mi repudio a quienes han realizado actos de ilegalidad y de criminalidad, afectando a los michoacanos, a sus instituciones, su vida económica y su expectativa de un futuro mejor.

La sociedad michoacana ha elevado un justo reclamo que el día de hoy tiene una clara respuesta del Gobierno de la República […] para revertir juntos estos actos de violencia y para que volvamos a tener la paz y la tranquilidad que necesitamos y merecemos los michoacanos.

Todo esto como condición para poder avanzar en el desarrollo de nuestro Michoacán.”

De esta manera, el Acuerdo tomó el carácter de una conjura. Cualidad que en el discurso político, César Gilabert Juárez define como un efecto pirámide que “se asume como una agresión generalizada que promete crecer, que se experimenta como una gigantesca amenaza y supone una red conspiratoria, extendiéndose en cada rincón […] con el único objetivo de perpetuar actos malignos. Así, el temor se entroniza como una constante.” [“El delirio de los gobernantes. Una semiótica del poder”, en “El laberinto de la cultura.”]

El discurso con ocasión del primer Acuerdo, dictado por el interino, cubría el referente de la delincuencia y el crimen organizado, y así no les concedió la coba que el hablante en la segunda presentación.

Michoacán está integrado por una sociedad plural y diversa […] La composición de esta pluralidad estatal, la cual es legítima y aceptada por todos, tiene reservado el coadyuvar a resolver los problemas estatales […] las reformas y trasformaciones que Michoacán necesita, no podrán alcanzarse sin la voluntad, la colaboración, el consenso, la unión y el acuerdo de todos los michoacanos y de todos sus actores políticos […] Por lo cual es indispensable lograr consensos […] La concordia es lo único que podrá garantizar que Michoacán sea un lugar donde se promueva la paz […], pues por igual nos afecta la situación actual y por igual nos beneficiará tomar medidas para salir adelante […] Por eso nos hemos convocado para suscribir este Acuerdo por Michoacán, con una visión de Estado, que permita  materializar los planes y proyectos más trascendentes, despartidizando temas  como: la educación, la salud, la seguridad pública, las finanzas y el crecimiento económico para el empleo […] solo lo vamos a conseguir con una actitud proactiva y con la participación y la corresponsabilidad de todos los actores públicos, sociales y privados.

Es, para este análisis, lo esencial del discurso del interino (las negritas son del original). Un eje sémico expresa la prioridad del hablante, y establece como la finalidad del discurso: terminar con la violencia. Concordia, paz y seguridad lo conforman.

El primer Acuerdo daba prioridad a atender los deseos de empresarios que fueron los representantes “civiles”, que lo signaron, y para los que ha gobernado el hablante, quien luego de su regreso como gobernador en funciones, se dedicó a reunirse con grupos de empresarios, donde se puso como representante de ellos al promover entonces su mandato en disposición de lo que ellos piden y desean.

Ese Acuerdo priorizó la seguridad pública, y cinco días después de su suscripción, el Ejecutivo, por medio del interino, sacaba los cinco compromisos por la seguridad de Michoacán, acordado por el gabinete federal. Uno de los compromisos fue la entrega de sesenta hectáreas de terreno al Ejército Mexicano, para la instalación de un batallón más en el estado (que contaba ya con los de Morelia, Apatzingán, Lázaro Cárdenas y Tiquicheo), y de paso entregó equipo y armamento a la Policía Municipal. 12 patrullas camionetas de doble cabina, 16 moto-patrullas, 1 camioneta de reacción táctica y 2 camionetas tácticas blindadas mencionó un comunicado “entre (las) otras cosas” que se dieron.

Hasta el segundo acuerdo no se ofrecieron resultados sobre los demás puntos del primero, que atendía las demandas de seguridad de los empresarios del estado, mediante una guerra. Era la del gobierno federal, que de inmediato, brindaba lo que el Ejecutivo michoacano llamaba un primer apoyo con la llegada de 10 helicópteros de una procuraduría nacional, así como 40 integrantes del Cuerpo de Reacción y 30 policías ministeriales y agentes ministeriales federales para coordinarse con el grupo interinstitucional que se formó ese día con autoridades de Michoacán y las instituciones de un gabinete federal. El objetivo lo indicaba un comunicado del gobierno del estado: “llevar a cabo las acciones que en el marco de este grupo se implementen, para fortalecer el Estado de Derecho en la entidad, y para recuperar el orden en aquellas zonas y municipios que se necesita.”

La unión del Ejecutivo se aprecia de manera servil en discursos del hablante, escindido siempre bajo la voz pasiva en tercera persona plural, cuando él habla de “responder al interés de cooperación con la federación” y al “interés de entregar resultados”. ¿A quiénes: a la sociedad o a ellos -el gobierno federal? Se esconde detrás del fundamento del discurso político de relacionar las potencialidades del comportamiento lingüístico con lo que se entiende por política. Aquí, Chilton y Schäfffner establecen con política la antinomia poder/resistencia y bajo esta marca el discurso está en la línea de lo políticamente correcto dando a su discurso la condición de adecuación mediante el encubrimiento, ese control discursivo que desvía la atención de lo que el receptor (en este caso, el pueblo) desea escuchar para llevarlo hacia otro tema.

Las antinomias de grupo.

             El tema vuelve a llegar a la identidad del nosotros. La primacía de la voz pasiva, artificio del discurso político. En el análisis al de toma de protesta del hablante se pasó con brevedad por esto. Entra en el análisis un tercer discurso, el de ocasión en una visita a Morelia. El hablante refrendó en aquel los objetivos del “Acuerdo de Coordinación…” con la alternancia de las voces pasiva y la de la ‘persona política’ (tercera del plural). Que el acto haya sido privado, da en automático la exclusión del público-pueblo, cualidad en los discursos del hablante. La antinomia se marca cuando él expresa “nos enfrentamos” afecta a los michoacanos; a ellos. El nosotros ha incorporado al dictador del discurso al grupo afectado, aunque después incorpore al receptor ausente (el pueblo, auditorio ideal como receptor indirecto) en la referencia del emisor: “en nombre de los michoacanos [que] percibimos un ambiente diferente.

Expresado de esta manera, el discurso establece como receptor a un segundo ustedes. El primero, se ha visto, es el de identidad incierta: ustedes-pueblo o ustedes-los malos en la conocida metáfora del cuento de hadas de Lakkof, estructurada villano+víctima+héroe, trasmitida, en sus ejes como ellos (el crimen)+ustedes (la sociedad)+nosotros (el gobierno que cumplirá sus promesas de justicia); se anotó en otro texto que Lakoff la aplicó en la guerra del Pérsico de 1991 con Irak-Kuwait-Eua en los roles.

El ustedes ahora es el gobierno federal -y nosotros la víctima- ante el cual los discursos toman la significación de un saber mutuo entre emisor y receptor porque se informa al federal de lo que este propicia en Michoacán para resolver un problema que de acuerdo al hablante, “arrastramos todos” (nosotros). En reunión empresarial, lo expuso el moralismo político que condivide el mundo en buenos y malos: “La situación por la que atraviesa nuestro estado, como lo he repetido, no es un problema que nosotros hayamos generado, es un problema que arrastramos desde hace varios años. Todos somos responsables, la autoridad omisa e indolente, el empresario que lava dinero; la madre que solapa a su hijo delincuente; la esposa que acepta el confort que le proporciona el dinero de procedencia ilícita; el joven criminal que derrocha su vida en bares y centros nocturnos; el padre de familia integrante de la delincuencia que cree estar favoreciendo a su familia, cuando realmente lo que hace es construir su calvario, que tal vez se tarde pero llegará causando vergüenza y deshonra.”

 

La guerra.

 

Continúan pendientes las acciones que son susceptibles de control para el hablante (énfasis en el habla, entonación y la prosémica en general). La organización esquemática que da coherencia al discurso es lo que se tiene para expresar la ilegitimidad del estado. Esto se da de acuerdo a Chomsky en su librito “Sobre política y lingüística”  porque “la guerra recuerda que las decisiones importantes se pueden adoptar como desprecio a la voluntad popular  que la imposición (de la fuerza mediante el ejército) es la ilegitimidad del estado” [pp. 40 ss].

El sistema conceptual de metáforas bélicas empleado en estos discursos establece la conjura. Se planta cara a un enemigo para evitar que este afirme o construya un sistema que, sin embargo, es justo lo que la estrategia de persecución y castigo del gobierno necesita para Y es que justificar la militarización y el aumento de operativos.

Chomsky, en las mismas páginas, presenta el esquema con que Estados Unidos llevó la segunda guerra mundial al Pacifico para evitar que Japón construyera un sistema imperial que lindará con América, y hacerse árbitro de un sistema económico en el que cedió mercados a Japón, mercados que Estados Unidos no necesitaba y que ayudarían a impulsar la economía de Japón y mantener a este adherido al régimen americano.

La seguridad que busca el gobierno es la económica de sus aliados, los empresarios. En “¿Existe el enemigo?” se vio que lo importante es la economía, no la seguridad. Y la guerra favorece lo primero. No sólo por la pirámide de personal humano y compra de materia prima para la guerra.

Y trasladado el esquema al contexto de los Acuerdos…,  los gobiernos federal y estatal tenían, y lo aprovecharon, el elemento necesario para su objetivo de gobierno en el crimen y la delincuencia, a los que presentan como un enemigo en común, también del pueblo que por la guerra contra esas fuerzas recibe desviación a sus peticiones de empleo y seguridad en los discursos.

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