Fundamentos de derby en la rivalidad Estados Unidos-Méjico. Foundations of derby in the Usa-Mejico rivalry.

Panorama introductorio hacia un estudio formal de una rivalidad cuyo pacto sobre el campo estuvo alentado por el antagonismo cultural entre los países.

El fútbol, abordado como objeto comunicante y funcional de la cultura, permite descomponerla en sus unidades discontinuas para detectar, a través de dicha deconstrucción, sus oposiciones. La funcionalidad de esto se encuentra en el derby, nombre dado a rivalidades ciudadanas (en algunos casos interciudadanas, y aplicado también sin distingo de fronteras geográficas) que simbolizan oposiciones sociales, políticas, económicas, religiosas, raciales o culturales encontradas.

Se escribió ya de la inexistencia de estudios profundos del derby como simbolizador social. Un estudio de  la historia de las grandes rivalidades futbolísticas del mundo concluye que las más destacadas surgieron como consecuencia de aquellas oposiciones; el derby se estructuró, por lo tanto, fuera del campo, no como mera rivalidad futbolística.

A nivel de selecciones esta estructura se encuentra poco. Hay rivalidades muy arraigadas por la costumbre, como las de las selecciones del Reino Unido por la continuidad que tuvo el Campeonato Británico (1884-1984), mas no por lo anterior.

Trasladada la marca del derby a niveles nacionales, la rivalidad Méjico-Estados Unidos es de las escasas rivalidades en categoría de selección que contiene las constantes del derby (en América lo llaman “clásico”). El fútbol, en estos casos, queda por medio de sus equipos, predispuesto como umbral superior de la cultura, no en cuanto que como fenómeno cultural puede estudiarse como contenido de una actividad semiótica, sino por ser un significado de la misma, ya que como objeto comunicante desempeña la función de simbolizar la cultura, y mediante el derby brinda la posibilidad de exhibir, no de manera lúdica, sino a manera de combate prohibido fuera del campo por las normas sociales, la confrontación de las oposiciones.

Aunque el fútbol fue practicado primero en Estados Unidos, donde en 1861 se fundó el primero club, Oneidas de Boston, mientras que Pachuca le dio ese honor a Méjico hasta 1900, el desarrollo más rápido del fútbol mejicano a nivel de clubes palidece ante el tenido por Estados Unidos a nivel de selecciones.

No obstante que su bautizó sucedió el 20 de agosto de 1916 con triunfo en Suecia (2-3), en veinte años, desde que con Bob Gansler (1989) comenzó un proyecto para posicionar al fútbol estadounidense entre los mejores del mundo, Barras y Estrellas consiguió más que la Tricolor en setenta años de actividad iniciados con el ridículo en el torneo de olímpico el 30 de mayo de 1928 (1-7 con España). .

Incluso al comenzar dicho proyecto, Estados Unidos tenía logros de los que Méjico está aún distante: tercer lugar en una Copa del Mundo (1930) y derrota en competición seria a una selección de abolengo. El 29 de junio de 1950 en Copa Mundial, una selección estadounidense compuesta por muchos veteranos europeos y algunos semi profesionales, salió a enfrentar a la altiva selección inglesa liderada ese día por Alf Ramsey y Billy Wright. Un balón que hizo carambola en un hemisferio de la cabeza de Joe Gaetjens, un mulato haitiano, y un poste derrotó a Bert Williams y consumó en el estadio Independencia de Belo Horizonte lo que la mayoría considera la más grande sorpresa en la historia del fútbol.

Muy superior a las de Méjico en otros torneos contra selecciones alternativas de Brasil y de Argentina. Como la Confederaciones ganada por el Tri en 1999 a un combinado B del Scratch que por eso tuvo margen de dispensa ante la crítica que permanentemente pende sobre el equipo. Estados Unidos obtuvo un vice campeonato en el mismo torneo (2009) ante la selección verdadera de Brasil que por lo tanto exponía esa noche su prestigio a una mancilla y el puesto de su director técnico. Y aún así, los gringuitos tuvieron a la Verdeamarelha de rodillas y orando durante casi cincuenta minutos.

Estados Unidos y Méjico se han negado mutuamente el derecho a jugar ese torneo con sus victorias en finales de Copa de Oro, y el primero ya se colocó entre los ocho finalistas de una Copa del Mundo producto de trece años de planificación y continuidad, prácticas no conocidas en Méjico al que siete décadas de actividad de selección apenas le alcanzan para soñar con llegar a esa etapa. Y nunca ha impedido directamente la calificación de Estados Unidos a una Copa del Mundo; Estados Unidos sí a Méjico.

Sucedió en la clasificatoria para 1934. FIFA determinó que el ganador del grupo de América del Norte (no se fundaba aún la Concacaf), compuesto por Cuba, Haití y Méjico, disputará el cupo con Estados Unidos, privilegiado por su tercer lugar en 1930.

Debido a que en ese tiempo la agilidad de los calendarios no recibía reciprocidad de los medios de transporte, el partido decisivo fue programado ya en Italia, para de inmediato comenzar la Copa.  Méjico zarpó de Veracruz para acudir a su cita.

El 24 de mayo de 1934 las dos selecciones saltaron al campo del Estadio Nacional Fascista de Roma a mostrar, previo saludo oficial al Duce y a la princesa Mafalda, su aplicación respectiva del sistema entonces de moda de la WM, que esa tarde se tornó en escritura cuneiforme por el baile entre defensas y delanteros.

Una de las crónicas más serias y sabrosas de ese partido la da René Cárdenas Barrios en los cuadernillos de colección con la historia de los mundiales que en 1986 publicó el desaparecido diario El Nacional editado en el Distrito Federal. Allí se lee que la táctica en Méjico “se fue al demonio” con la expulsión de Antonio Azpiri, “El león de las canchas”, por agredir a Aldo Donelli, porque el delantero Manuel Alonso bajó entonces a reemplazar a Toño, lo que significaba bailar con la más fea porque implicaba marcar a Donelli, un jugador de ascendencia napolitana por el que suspiraban equipos de Italia, al que en lugar de talento y maña, le opusieron fuerza, siendo él un tanque, y Rafael Navarro tuvo que ir a las redes por cuatro envíos de “Buff” Donelli. Así terminó el anhelo mundialista mejicano.

Ese partido pactó definitivamente una rivalidad espoleada por los elementos del derby, y marcó un parteaguas en el uso del fútbol como pacificador de masas. En https://panoptismos.wordpress.com/2014/07/23/la-sincronicidad-de-los-fenomenos-tv-y-futbol/ se presentó el contexto del partido en un artículo titulado “La primera vez que Méjico entero se paralizó por un juego de Méjico”, y subtitulado “El fanatismo futbolero”.

Allí, se transcribe al periodista Jorge Parra acerca de la normalidad de ver a una ciudad paralizada por la transmisión de un partido. Es lo que intentaron repetir las televisoras con ocasión del partido del 12 de agosto de 2009, valedero por las eliminatorias de la Copa del mundo. Es la manera en que los medios en general hacen del derby un objeto de uso desbordado para involucrar al espectador e incentivar integraciones culturales hacia las ideologías que confronta un derby. La centralización de la atención en un derby, llega a derivar en situaciones de alteración del orden social o de mantener la conciencia del público en un estado medio estacionario por la expectación que le crean los medios.

La rivalidad Méjico-Estados Unidos tiene su inmanencia en un campo de juego  con el encuentro de 1934, pero encuentra su categoría de derby por la mitología intercultural que ha conflictuado a los dos países y que, como en las grandes rivalidades del mundo, se sublima con un simple juego.

(Octubre de 2009.)

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