Réquiem por varios músicos en el Festival de música de Morelia.

Una de las noches inciertas del Festival, por las posibilidades que anticipaba, satisfizo al público convidado a un homenaje traído desde las tinieblas del tiempo.

             No había un título que referenciara el concierto de acuerdo a sus participantes. Post tenebras lux (Después de la oscuridad la luz) no dada seña. Tampoco había un conjunto o solista que cargara con el cartel. Sólo se anunció que se trataba de un homenaje al malogrado Eugenio Toussaint con una obra compuesta por él, de las que como muchas que se hacían en tiempos de grandes maestros, se escribió para una festividad, para una sola vez, sin importar si volvería a ser ejecutada. Post tenebras…no se tocaba desde su estreno en un Festival del centro histórico de la Ciudad de México (1997). La Orquesta sinfónica del Estado de México, puso el coro y el director, Manuel Flores Palacios.

El inicio se dio, con los mismos protagonistas, con el Réquiem de Gabriel Faure. Con carácter humanista y filosófico, la obra, se anotó con ocasión de una ejecución que se hizo en la ciudad, contiene casi todas las partes comunes de estas composiciones. Entre las tres primeras partes: Introitos et kyrie, Offertorium y Sanctus, y la quinta, Agnus Dei, se introduce otro movimiento; no contiene secuencia ni termina con la comunión. Dos movimientos lo cierran.

El prístino de la soprano en el Pie Jesu, y el barítono en el Ofertorum, se vieron favorecidos por la acústica del Santuario de la Virgen de Guadalupe, la cual no es muy difícil dominar por registros agudos.

El reparto que pide Post tenebras lux se aprovechó para incluir en el programa una obra del japonés Jo Kondo (n. 1947): A volcano, que contrasta sonidos de timbre. La triple marimba del grupo local Versus 8 lo mostró, y el Coro volvió a notarse, sin más que su carácter de cumplidor, en el Cantico de Jean Racine (Fauré) y Demos gracias al señor, extracto de La pasión según San Marcos, compuesta por el nacido en La Plata (1960) Osvaldo Golijov.

El Aleluya de Miguel Bernal Jiménez, casi infaltable en estas presentaciones, se introdujo como un homenaje más en una velada que entregó reposo de los ánimos exaltados por los eventos de los tres primeros días del festival.

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