Cuarteto “José White” encanta en Festival de música de Morelia.

El primer número que levanta la mano para figura del Festival como un concierto de clausura adelantado.

Decir que lo mejor del Festival no quedó para el final -a reserva del concierto de clausura- implicaría demeritar la calidad de los conciertos de casi dos semanas. Lo escuchado la noche del viernes 20, empero, asombró al público como pocos conciertos en este y varios festivales de toda categoría en la ciudad. Un grupo que no teme tomar los grandes clásicos de su género, devolvió la esencia de la música clásica pura desde la tradición del concierto de cuerdas.

Ninguna nota en desacuerdo pareció existir. Calidad mesurada que enseñó que el encoré puede ser un abaratamiento, porque los aplausos incesantes -los últimos simultáneos a la salida de parte de los asistentes-, tan efusivos como lo que se acababa de escuchar, consiguieron su propósito de hacer volver a los músicos, pero sólo para agradecer, y no romper con una interpretación adicional el encanto transmitido en una noche que devolvió la creencia de que la música clásica no necesita asociaciones con otras para causar la conmoción que suele en quien la aprecia.

El Cuarteto tenía medida la situación. El único de sus miembros que se encontró con medios, el violonchelista Orlando Espinosa, vio la acústica del templo de Santa Rosa de Lima, que tantos inconvenientes causó antes a otros grupos, benévola y favorable para los registros altos y medios, sin negarle su dificultad.

Silvia María Marina, primer violín; Cecilia García Villegas, segundo violín, y Sergio Carrillo, viola, los otros integrantes, lo supieron.

Antonin Dvorák y su Cuarteto de cuerdas no. 12 y Beethoven con el Cuarteto de cuerdas no. 3, dos de los más complicados para el instrumento fueron ejecutados con la difícil facilidad de mantenerlos entendibles y cumpliendo, en el caso del Sordo de Bonn, con la carga de emotividad de los cierres de las composiciones de él; el sello a una noche que por la clase con que se ejecutó, no dejaba paso al encoré. El cierre estaba dado.

El matrimonio de cuatro, como Espinosa definió al Cuarteto, no tuvo que resolver nada con la acústica. Sus registros la tuvieron medida, y el del violonchelo no elevó su tono grave para sobresalir, ni los violines ni la viola se dejaron inhibir.

Dvórak, fácil de escuchar. Beethoven, accesible de entender. Así definió Espinosa las composiciones. En medio quedo Mauricio Beltrán, con su Elegía para un amigo fallecido.

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