Alberto Cruzprieto y Héctor Infanzón. “La leyenda de 1900” en el Festival de música de Morelia.

Una lucha psíquica entre dos pianistas en una batalla que la diplomacia del público decretó empate unánime.

Del desafío que Giuseppe Tornatore crea a bordo del barco Virginian, con dos titanes del piano, en la película que lleva el título que va en el de esta nota, surgió a Infanzón y Cruzprieto la idea de un programa que más que confrontar dos estilos particulares de tocar el piano, variara la estructura tradicional del concierto.

Máscara contra cabellera” define el proyecto que va de arena en arena concertística y que en Morelia encontró una sede no imaginada, pero la justa para, como es cualidad del deporte, trasladar a un espacio de combate un conflicto que en la cancha, la duela o el cuadrilatero, se sublima.

El Palacio de gobierno de la capital michoacana quedó –el Habitante de la ciudad lo sabrá bien- a tono para una lucha; entre dos caracteres tan distantes y opuestos como el repertorio de cada cual. En una esquina, la improvisación (Héctor); en la otra, el pragmatismo. El caos contra la disciplina.

La recreación de dos estilos conflictuados por las escuelas que representan, y conciliados en aquel combate simbólico, revivificación real del que en el Virginian sostuvieron Danny Novecento Boodman y Ferdinand “Jelly Roll Morton “.

Un concierto que se puede vivir de dos maneras. La tradicional, de sentarse a escuchar y dejarse llevar por las notas, haciéndose el espectador omiso ante los cambios de escenario hasta transformar el escenario en un cuadrilátero, o la que propone el espectáculo: la inevitable. Seguir a una presentadora que por un momento muda su apariencia al modo de la chica que anuncia la lucha libre, y que pasa la función conteniendo y conciliando las discusiones entre los combatientes, ordenando que de las teclas hagan surgir un discurso musical heterogéneo que va desde Mozart hasta Nikolái Kapustin. Gershwin, Goodman, Rachmaninoff, Poulec y Ginastera quedan en medio como puntos de contacto del conflicto, haciendo ver que la música cuando es de categoría universal no admite pelea entre géneros.

Él improvisa, yo chacoteo”, dijo Cruzprieto en la rueda de prensa. La confrontación es entre la psique de los dos músicos, explicó Infanzón.

El mismo escenario se prestó para combinar ambas cosas. El tañer de las campanas en un torre de Catedral, a no más de doscientos metros de donde Infanzón tocaba solo, evento que fastidia a músicos que se presentan en el Palacio, lo incorporó él a la dinámica del concierto, al dejar su instrumento para histrionizar asombro de enfado por la interferencia de sonido.

El diálogo directo no existe. Se acude al comic o a esa nueva forma, más cercana al periodismo que es el meme, mediante una pantalla al fondo del escenario, haciendo de esos modos la expresión de un discurso fuera del musical, pero asimétrico con este en la intención de la ironía de la lucha presentada, vista hasta cuando los pianistas dejan de tocar para reñirse, y los aguadores toman los instrumentos para seguir las ejecuciones.

Al final, ninguno pierde. No porque nadie máscara ni uno carezca de cabellera. El monstruo de mil cabezas da el veredicto, y el encoré –uno de cada pianista- es lo único que aplaca la exaltación de una noche que puso a la gente loca de la emoción.

Los créditos caben. Verenice Callejo es la presentadora. Rodolfo Henkel y Gustavo Ruiz, los aguadores. Sagrario Cueto, Adrián Infanzón, Arturo Aguilar y Adriana González, los vendedores de pasillo. Y Paulina de Labra, la directora artística.

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