La novia a la que ya le urgía.

La pastorela a un costado del templo de Nuestra señora de Guadalupe estaba por comenzar. El sacerdote sopesaba la impaciencia del público al que se citó a las siete de la noche, y entonces se le avisó que iniciarían tras la misa de esa hora. Faltaba la virgen. La que estaría en escena. Sin ella, no se podía empezar. El padre dijo que demoraba porque se estaba casando en un templo distante. Se creyó que lo dijo en broma. Era el único actor que faltaba. De súbito, se vio desde la Calzada Fray Antonio de San Miguel –que hace remate con el templo- a una silueta apurar su paso. Su atavío de blanco de boda era señal de virgen, que en efecto, se casaba. Cruzó aprisa. Esquivó la puerta del tempo para bordearlo por el atrio, afuera de donde estaba la pastorela. Pero tampoco entró allí. Continuó su carrera imparable hasta la casa parroquial, atravesando la zona del público que aguardaba la puesta en escena. Apenas entrar, preguntó con cierto desespero: ¿En dónde está el baño? Y de inmediato su dama de compañía, la impulsó hacia el privado espacio donde las mujeres sacan sus intimidades. La Dama no guardó de esperar a sacar las suyas. Empujó a la novia, y al ver que esta no cabía debido a lo ancho del vestido, le levantó la cola de este, haciendo cálculos. Le preocupó escuchar lo que ellas no habían notado: -Cuidado, no vaya a estar mojado el piso. Apenas cruzar la novia el umbral, la dama se desabrochó su vestido, por la parte trasera; por eso se dice que no esperó. Cerró la puerta antes de que el vestido se le deslizara por su anatomía y no dio tiempo a la oferta de Pago por ver. Gente que ayuda en el templo le tocó para que abriera. Porque no es un baño privado. Continuamente lo usan varias mujeres. La presunta virgen ya estaba allí. Las notas de la misa de siete hacía minutos que se habían escuchado. -¿Van a comenzar sin la novia? –Pero hoy, domingo, no se celebran bodas aquí. Otra chica llegó. Vestida sin llamar la atención. Entró a la habitación vecina al sanitario. Y virgen salió; sin que esta anotación ponga en duda que no lo fuera antes de entrar. Dos vírgenes –para no acusar de lo que no consta- y la pastorela no empezaba porque le faltaba una sola. Agradecida, la del baño no dejó en mal al sacerdote. No se vio si pagó los cuatro pesos de cooperación por el servicio (¿en dónde podría haber traído el monedero?). Contó a los del templo que se estaba casando. Pero en la López Mateos, colonia a varios kilómetros de allí, porque sabía que los domingos no hay misas de boda en San Diego, nombre que la convención popular le dio a la casa de Nuestra señora de Guadalupe. Durante la sesión de fotografías en la Calzada, la novia no aguantó quitarse lo que, si se sigue la tradición, está reservado para el inminente marido, antes de llegar al tálamo nupcial. Serían los nervios o la impaciencia. Esta se la quitó al público, que finalmente tuvo a su virgen. Y un marido a la suya.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s