Donde se perdió la elegancia.

Saliendo por la entrada de la Calzada de San Diego, una imagen con el poder para detener el paso del transeúnte la adornaba. Él parecía el heredero de alguna corona. Unos zapatos con tacón muñeca forrados de raso, ponían a su altura a su ya esposa, dentro de un aro de elegancia formado por la madre, entallada en un vestido azul turquesa coronado con una piel color café, y familiares vestidos de manera tradicional para un acontecimiento como el que celebraban. Tradicional. Sin adornos accesorios. El rostro y el cuerpo de ella no los necesitaban. Ni los de él. La elegancia y la clase en su expresión natural, sin ostentaciones innecesarias. Sabían que los iban a ver a ellos y confiaron, como sus familiares, en lo de siempre. En modos de vestir costumbristas. Los que no ven pasar las épocas, no los que pasan de estas. La gente perdía la cabeza por los contrayentes. Perdía de vista su ruta por voltear a mirarlos. Parece que hasta los teléfonos celulares olvidaban. Por ese instante en el mejor estudio fotográfico de la ciudad. El que eligen muchos para estas sesiones de perpetuar imágenes. Algunos peatones cruzaron el riesgoso paso desde los jardines de Villalongín para apreciar de cerca la imagen. En inglés, el encargado de la lente daba indicaciones a los modelos. Los ponía inertes para tomarles sus manos de maniquíes y acomodarlas. Entonces surgía en ella la sonrisa natural, no la fingida que ponen muchas féminas en la misma calzada, donde solicitan la fotografía para la red social que es lo único para lo que posan. Para lo irreal, para el momento pasajero, no con la felicidad verdadera para la tradición del retrato que eterniza un momento irrepetible. Los novios son de una vez; las feisbuqueras de cada pocos minutos. Ya en el idioma autóctono de la región, el jefe de la lente acordó el espacio para las siguientes tomas. Una suegra tenía prisa. No había tiempo para hacerlas en Villalongín, el espacio que comparte lo estelar con la Calzada para novias y quinceañeras. Los novios se adentraron entre la multitud que poblaba la Calzada. Había que dejarlos ir. Minutos después, afuera del templo que sirve de remate a la Calzada, un Mercedes modelo 64, de un blanco que en la oscuridad de la noche camuflaba el vestido que resguardaba dentro. Era señal de que se trataba de la pareja que antes de vio en el otro extremo de la Calzada. Notas de Bach eran colofón de la misa de siete, y la Marcha nupcial clausuraba la boda de esa hora. No se lamentó perdérsela, porque se pensaba en la de aquella pareja de porcelana. Sin tiempo de barrer los pétalos que quedaron de la ceremonia anterior en el piso del templo, la novia descendió de automóvil. Una sorpresa hubo. El padre le preguntó si sabía por qué estaba ella allí. La chica no tuvo respuesta. El Canon de Pachelbel comenzó a sonar. Preámbulo de lo que se venía, pero continuaba la sensación de incertidumbre causada por aquella sorpresa. La novia, con altiva humildad, caminó el pasillo que las costumbres se empeñan en creer conduce a la eternidad y a la exclusividad. Pero los novios de porcelana se habían perdido en la Calzada.

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