Necesidad de un manual del peatón en Morelia.

Desde Los cruceros malditos se tocó el tema, que tanta falta hace como el cumplimiento de los que hay para conductores.

A manera de preámbulo.

Cómo tocarle las nalgas a una desconocida sin que se enoje, cómo tocárselas a las de otro sin que él se moleste, cómo hacer que una desconocida le toque el pene sin disgusto y cómo golpear a un hombre más fuerte y que entonces pida perdón. Es muy sencillo. Brinda todas esas posibilidades una caminata por la zona salvaje de la ciudad que seguramente compite por el título de la más torpe del mundo, por el estado de barbarie que priva en sus calles. Los automovilistas lo saben, pero sobre las aceras hay tanto o más salvajismo que en el asfalto. Por si hay que aclarar, se habla de Morelia.

Camina un peatón hacia  la Avenida Madero, desde la Calzada que lleva el mismo nombre. Delante de él, por carriles imaginarios ajenos al que ocupa van dos chicas en las que comienzan a desarrollarse dos deliciosos pendientes traseros. No tiene intención de detenerse en ese detalle hasta que una de ellas se separa de la otra con un movimiento lúdico en diagonal hacia atrás e invade su carril (el sujeto de esta anotación es el peatón) sin que pueda esquivarla, y pone sus manos para evitar el choque. ¿Hace falta decir lo que tocó, o importa decir la disculpa que en un caso así se escucha? Continúa su ruta. Delante van dos amantes. Novios le dicen aún algunos, o amantes le dicen todavía a los novios. No interesa tanto como que esas parejas suelen llevar un andar serpenteante. Y sucede lo mismo que con la muchachita de cuadras atrás. Ni modo. Uno estira las manos por instinto, y si el varón advirtió que se posaron donde quizá a él no se le ha permitido ponerlas, se aguanta en comprensión de su torpeza. Sigue el avance por la Avenida. Siempre habrá por delante una chica de largo braceo que haga impactar una de sus manos en la entrepierna de un varón que va detrás. Un varón alto y fornido es el que ahora va delante. De pronto, se detiene súbitamente; en seco. Y al no poder hacer lo mismo el que va detrás, hay impacto. Fuerte. Más si el peatón es frágil porque entonces y tiene que endurecer el cuerpo. No sabe si le asiste derecho a obsequiar el insulto. Al fin que primero recibió agresión de parte de quien no tuvo, como tampoco aquellas niñas, civilidad vial. No aguanta el peatón  gritar que no se detenga de esa manera y el instinto del individuo sólo alcanza para pedir perdón. Dobla el peatón una esquina. Otra vez dos novios. El chico trae una mochila que supera la anchura de su espalda y ocupa el carril que queda. No escucha la petición de que permita el paso porque su lascivia ocupa toda su atención. De nuevo piensa el peatón que se viola su derecho al tránsito libre y empuja. Antes de que sus labios traduzcan lo que dicen sus ojos, ella sonríe y pide disculpa. El novio,  que recibió el empujón, siente que la sonrisa de ella es una infidelidad. Tanta infelicidad por una torpeza. El peatón ya llevaba cinco. En no muchas cuadras. Le faltó el paraguas, un buen medio de defensa, protección en situaciones como la que vivió en calles donde la barbarie se multiplica de manera asombrosa.

Se escribió acerca de aquel hipotético manual del peatón. Para que haya consciencia de medir el braceo y girar continuamente la cabeza, si es que no hay que llegar a la obligación de usar retrovisores, que serían menos incómodos que los celulares. Caminar por el centro de Morelia es ya una práctica suicida. Lo que hizo el peatón de esa caminata –vaya seguimiento a su periplo- en esa caminata fue en algún caso para evitar ser proyectado hacia el asfalto. Por eso no intentó rebasar por el carril lateral porque las unidades de transporte público alcanzan a invadir la acera con sus partes laterales. Cuando a alguien le suceda lo que no imagina, entenderá.

En materia. Parte de una faneroscopía del Habitante.

La falta de alteridad es la causa de las conciencias en estado estacionario como la del Habitante. Una inversión de la alteridad derivaría en la seguridad de lo social. Para ello es menester completar la represión de los instintos. El braceo es lo más perjudicial en una ciudad de civilización. Porque el habitante lo ejerce con la inconciencia (un comportamiento innato del Habitante) de los perjuicios que causa con el acto. Circular por el Centro equivale a jugar un partido de fútbol en el que hay muchas faltas de imposibilidad de visión para el árbitro. Con el braceo se hace desplazamiento de seres que circulan, o se les da golpe. El Habitante estira súbitamente la mano para pedir que un vehículo se detenga en su marcha, sin fijarse antes si su acción puede causar golpe u obstrucción. Su andar no es en recta. Esto se aprecia con la referencia de los bloques de cantera que emparejan la superficie, y con su contoneo también causa desplazamiento, roces o choques. Estos se producen con el paso del Habitante por las esquinas sin mirar y sin abrirse, lo que expone al choque con un ser de circulación en la ruta de oposición.

En su deambular de lemur, hay parada de súbito para mirar objetos de los que tiene separación por el cristal de un aparador. La parada es con la misma inconciencia del braceo sin mirar antes sí la acción es motivo de obstrucción o choque con un peatón que al circular no tenga posibilidad de freno de paso con la brusquedad tenida en el Habitante que va delante. Las parejas de animales, varón y mujer, en su andar unidos por las manos (se han visto parejas del mismo sexo) también son causa de obstrucción, choque o estorbo, como el ser que camina entre bloques de cantera, dejando un espacio entre el límite de la acera y la pista para autos, por el que no puede pasar ya nadie. Los comportamientos que se describieron no son de una ciudad en estado de civilización.

La tecnología alteró la manera de andar por las calles, plazas y andadores del Centro. Las reglas del asfalto no han sido transferibles a la acera. Es esta un símil de la autopista y de la ciclovía. Se aclara que de esta última no se nota desarrollo de conciencia. Los que promueven el uso del vehículo de propulsión humana continúan sin reconocer el fracaso de su intención, si es que de verdad desean seguridad para el peatón, o sólo fingen con su asociación civil, que sólo para eso sirven esas instituciones en la ciudad. El ciclista pide respeto y no lo da. Sigue el caso de los que invaden a la fuerza el poniente de la Plaza de armas, y los que toman el punto de reunión para el paseo nocturno semanal, como pista en lo que es un paseo peatonal. La Calzada.

El peatón de Morelia no tiene noción de perceptos básicos, como el de no adoptar un lado para el rebase, no frenarse en súbito y mantener la vista en su camino. Estas son acciones de inconsciencia de su parte:

Caminar con la cabeza gacha por atender un aparato digital. Si el paso es apresurado, riesgo de impedir una colisión.

Frenarse repentinamente sin comprender que detrás puede ir gente que no pueda esquivarlo.

Girarse súbitamente. Al hacerlo, acelera su paso y aumenta la posibilidad de estrellarse con alguien que entonces le quede de frente.

Correr sin trata de esquivar al que camina de frente a él.

Atraviesa o dobla las esquinas a paso apresurado o corriendo.

Cruzar a velocidad la calle y subir la acera sin disminuir la velocidad a pesar de ver que impactará con el peatón que lleva la preferencia.

Ir por el lado del asfalto y atravesarse para entrar o acercarse a una ventana, con la misma falta de comprensión de que el que lleva camino continuo, tiene preferencia.

Estirar la mano para solicitar transporte o saludar, sin interesarle, o no advertirlo, que bloquea el paso al que transeúnte que lleva la preferencia de que se está escribiendo.

Descender del transporte con la misma insensatez con que se atraviesa en las aceras, o abrir la puerta del vehículo que va a abordar, sin ver que golpeará al de la preferencia.

No existir noción de un lado para el rebase lleva a la situación del baile. Los dos peatones que se encuentran suelen intentar seguir uno por su derecha y el otro por su izquierda. Al ver que se bloquean mutuamente, cada cual intenta continuar por el lado opuesto, acción que, al ver que se siguen bloqueando, intenta de nuevo, y no salen de estarse viendo de frente.

Faltan las parejas que no desunen sus manos e impiden el paso, y las que van peleando o jugando con las manos, extendiéndolas hacia todas partes.

Los casos anotados, con de gente que sin consciencia de que no es la única en las calles.

Se apoya a sociedades de conductores de vehículos de dos ruedas con la impresión de folletos que recomiendan, casi ordenan, como comportarse durante sus traslados. Nadie, empero, ve por el peatón, al que le roban el paso uno en uno, y agrega una atrocidad a su ruta al emparentarse con el mejor suicida. No hay atención al bloqueo de rampas para sillas de ruedas, que sirven para el que camina en aceras altas o en calles con canaletas.

Como el automovilista, el ciclista, el motociclista o el patinador, el peatón se adueña del terreno por el que avanza. Le importa sólo sí mismo.

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Un comentario en “Necesidad de un manual del peatón en Morelia.

  1. Pingback: Comportamientos imprudentes en las calles de Morelia. | Copa de Europa, fútbol, semiótica y antiperiodismo.

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