Un flautista es lo que hace falta.

La tarde invitaba a lo mismo. A desafiar la veleidad del clima que traiciona su promesa de lluvia o de sol. Por el oriente del centro esperaba la amplia calzada de cantera que en sus bancas suela aguardar la novedad. No muchas veces, porque, además, Morelia es ciudad de cosas de una sola vez. Bien adentrado en la Calzada, el silencio que al caer la tarde entrega la ausencia de las aves, y esta vez el rapado de los árboles, cuyas hojas no ha podido arrancar el otoño con los climas de verano y primavera que han usurpado a la tercera estación, estaba interrumpido por notas provenientes de un violonchelo en una de las bancas del lado sur. En las del frente, el público, discreto en número, aceptaba no tener más que hacer que escuchar aquella música amateur, pero empeñosa. Una pausa, un vaso de agua, y continuaba el recital no apto para habitantes incómodos. No los que se apropian de lo ajeno, como uno residenciado en esa calle; sí homónimos de nombre de ellos, que rondan los botes de basura colocados del lado norte, donde la gente gusta más de sentarse que enfrente, y no siente la presencia de quienes se deslizan furtivamente por los respaldos de las bancas luego de su ascenso por los botes, o para usarlas de impulso hacia ellos.

Han colonizado la Calzada desde que la hicieron basurero casero. Nadie, o pocos, advierten su presencia, la demarcación que hacen de su territorio. El del lado norte, por donde, a ras, dan la bienvenida o la despedida al visitante de la Calzada, que si las viera, seguro devolvería la cortesía con un gesto o un grito de repugnancia. Por la noche, y desde antes, cuando la penumbra se apropia del espacio, esas bancas son temidas. El solitario no sabe la compañía que puede recibir, ni las parejas que se puede hacer un trío sin pecado.

Las notas les eran indiferentes. No era el ejecutante. Es que a ellas no les gusta el violonchelo. Por eso seguían su rutina como si no lo escucharan.

Él debió de haber marchado a alguna hora. Ellas siguieron allí. En su espacio. Sólo un flautista las haría mudarse y devolverlo a la ciudadanía.

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