Los engañadores.

Habitantes que se diferencian del común por el protagonismo bien identificado que cobran en las calles, en las que el turista y el visitante, tanto como el habitante de la ciudad, son la víctima.

La originalidad del título pensado para este texto estaba patentada por Balzac en “Los comediantes sin saberlo.” En las calles del centro de Morelia los hay, con toda consciencia de lo que hacen.

Desde hace al menos cinco años se ve a varios con actuaciones mejor ensayadas que las de otros circenses de las plazas que reciben con menor dificultad las monedas que aquellos buscan.

El chileno. En los alrededores de la Plaza de Armas, o en ella, se escucha por la espalda una voz que pasa por la de un sudamericano. Dice que es chileno, que lo deportaron y lo dejaron en Morelia de paso a su país. Y pide dinero para ayudarse en el viaje hasta la que asegura es su nación. Muestra la portada de un pasaporte, sin abrirlo para dejar ver su identidad. Entra a las misas matutinas de Catedral a pedir ayuda a la feligresía, y, cuentan que el personal de la Mitra lo persigue y él escapa. En al menos cinco años no ha podido regresar a su patria. Cuando no atiende en el Centro, la rumorología lo ubica por el rumbo del Monumento.

Gordita pide monedas. En el primer cuadro del centro se instaló por el 2009 o 2010 una muchacha medio alta y obesa, que recargada en las paredes, pide para su combi. Tampoco ha podido reunir en tantos años para abordarla. Dicen que por cincuenta pesos concede sus favores, y su cuerpo refleja alguna actividad de mucha actividad de esas. Siempre en las calles de mayor tránsito. Cuando hay desfiles, en las paralelas a la Avenida. Se le vio hablar por teléfono celular. Decía que eran las trece horas y apenas llevaba ciento cincuenta pesos. Al poco, colgó enfadada, y con las manitas que tiernamente estira para implorar ayuda, destruyó el aparato. A quien ya la conoce, sólo le sonríe.

El de la receta. En las cuadras de los bancos que hay sobre la calle principal, preferentemente en la del Congreso, un hombre con diálisis y una protección para promover su cuello lesionado, da su mensaje extendiendo a la vista del peatón una receta médica. Diario, es una receta del día. Si un regidor pudo falsear boletos de avión o para el Mundial 2014, una receta es lección básica del diseño. No se ha mejorado del cuello ni le han retirado la diálisis en años.

Los niños quemados. Con voz gangosa, de las que quedan tras un largo llanto, en 2010 apareció (o ya estaba) en la Calzada Fray Antonio de San Miguel, un hombre regordete, con los ojos hinchados, como por llanto, solicitando ayuda para comprar el medicamento que necesita (durante estos años necesita, no necesitaba) su niña quemada que estaba internada en el hospital infantil. Y daba el número de cama. Él decía estar hospedado en el albergue de las Vicentinas, donde se aloja a parientes de internos de los hospitales de la zona. En el Infantil dijeron que mandaron gente a verlo, que al nosocomio ese hacía mucho tiempo que no llevaban una niña quemada, y que el número de camas no llega al número que da el hombre. Se dejó de ver un tiempo. Pero en las últimas semanas del 2014, en eventos al aire libre en el Centro, donde hay bocinas, se anunciaba por el micrófono que allí estaba un hombre que pide ayuda para su hija quemada. E invitan al público a que pase a retratarse en la charola.

La vendedora de libros. A lo largo de la Avenida, desde Catedral hasta una o dos cuadras hacia el Oriente, anda una muchachita vendiendo libros. Dice que es estudiante de filosofía en la Universidad michoacana, y que los libros son editados por esa universidad. No enseña su carnet de estudiante. Si el transeúnte le dice que no cuenta con el importe que pide por sus libros, responde que le dé lo que traiga; que servirá para continuar financiado esas ediciones, pero que como es muy poco, no dará libros. ¿Ni un recibo de donación? Si alguien se pone a vender algo sin permiso del Municipio en la vía pública, inspectores del Ayuntamiento le quitan la mercancía. Menos a esta niña. ¿O es parte de un convenio para que la Universidad michoacana se ayude en su crisis con la venta de libros sin pagar impuestos?

La secretaria. Con deletreos de la progenitora despedía a los automovilistas que en el crucero de Acueducto y las Tarascas, no la ayudaba a ella, profesora venida de Guadalajara que perdió su bolsa con sus papeles y su dinero. Después se escuchó que andaba por el rumbo de La Quemada, más lógico por ser la vieja salida a Guadalajara. Los más, empero, contaban que su sección era el Pipila, donde al final de cada jornada, acudía, o acude, a cambiar monedas por billetes a la sucursal de un autoservicio.

El niño sin pies. Decano en esto de la comedia callejera, el joven, ya adulto, que desde los años ochenta arrastraba su cuerpo, a falta de las piernas que nunca tuvo, en el atrio de Catedral. Para prótesis nunca tuvo. El dinero que reunió en tantos años, lo invirtió en camionetas de lujo, para continuar yendo a pie a su centro de trabajo. Y se cuenta de su relación con mujeres de la vida galante. Con piernas, su vida sería muy diferente.

Los enyesados. Tiene la Secre un compañero. Como varios que andan en las plazas del Centro, se acerca a la gente para levantarse el dobladillo del pantalón y mostrar una herida en el tobillo, cubierta con mertiolate. No dice nada entonces. Sólo balbucea. Como si ofrecer la infectante vista de su parte dañada bastara para expresar lo que quiere. No se entretiene con quien no saca la cartera. De inmediato se retira a conmover a los de las siguientes bancas.

El ciego prestamista. Hay uno que esquiva los baches y sabe dónde están escalones y rampas antes de que su bastón se los indique. Una versión, más que leyenda, señala a un invidente como prestamista.

El dueño del hotel. En la esquina poniente del Portal Galeana se hizo famosa la figura de un hombre algo abrigado, que pasaba las horas con un tarro estirado para escuchar el caer de las monedas. Gente lo reconoce como dueño del D’Atilanos.

El oloroso. En agosto de 2013 o 14 apareció sobre Morelos Norte, cerca del cruce con Madero, un varón en silla de ruedas, que anunciaba su presencia mediante su perfume de falta de baño de un abandonado, a media cuadra de distancia desde el lado por el que se llegara a su ubicación. Pasaba las mañanas y tardes pidiendo monedas. Más tarde, le empujaban la silla a la altura de Rebullones. Lo vieron llega en taxi a su centro de trabajo. Quejas del chófer por aromatizar la unidad no cabían porque el mendicante era el sueño del vehículo.

El del taco. Años atrás, no muchos, un joven abordó por una esquina para pedir dinero para comprar un taco. Volvió a vérsele y se hizo algo común su presencia a lo largo del centro. Vestido como cualquier joven, sin causar pena, como la que quiere transmitir con su mirada y su voz débil al decir su frase de batalla: Disculpa, un favor, ¿me puedes dar para echarme un taco? Alguien le daba consejos acerca de alguna actividad. Tras escuchar, dio continuidad a su ritual echando a rodar su figura debajo de sus anteojos.

Los padres del enfermo. Se hicieron comunes en el primer cuadro. Él, delgado, casi endeble, sin ser quizá muy mayor; ella, muy discreta en su presencia. Jalan a uno o dos infantes que no aparentan ser diferentes a los otros, y con voz trémula que no denota preocupación, piden: Joven/señor, se me enfermó mi niño…

El desmemoriado. Se le vio por el oriente del centro. Decía que ese día acababa de salir de la cárcel y por eso pedía dinero para regresar a su casa. Si se le decía que días atrás se le vio por el rumbo diciendo lo mismo, respondía: No lo recuerdo.

La de los análisis y el marido. Se le ve en el oriente del centro. Muestra a través de una mica una hoja de análisis del sector salud, mientras pide para hacérselos porque, cuenta, la trabajadora social del hospital (no dice cuál) le arregló un descuento de cincuenta por ciento, pero aun así no le alcanza para pagarlos. Se dice que en el otro extremo del centro, su marido pide a los chóferes de camión de transporte público que lo lleven gratis. Y lo hacen, porque si ni, el hombre les maltrata la unidad.

Los del niño enfermo. Se les ve los domingos. Suben al primer cuadro desde el Norte, por la calle que divide la ciudad entre aquel y el Sur. Entonces, la sonrisa de contento, propia de las familias que van de paseo, la presumen. Más tarde, se les ve en la calle de la oficina de telégrafos. Con cara y voz de aflicción dice el marido, y la esposa mira: Se me enfermó mi niño. Los acompaña una niña. El supuesto niño ya no anda con ellos. Lo tienen, cuenta el varón, enfermo. En alguna parte. Han pasado varios años y el niño no se les alivia.

 

En proceso de graduación o esporádicos.

En la Calzada de San Diego, varios. El joven de los chocolates. Se acerca a quienes caminan por el paseo o están sentados en sus bancas, para preguntarles: ¿Me da un minuto de su tiempo? Si se le concede, dice que vende los chocolates, a cambio de cualquier moneda, para ayudar a niños del hospital infantil. Cuenta que lo han visto presionando a la gente para que le compre, diciendo, alguna vez: Eso que traes puesto cuesta más que un chocolate (y no me compras), en referencia a unos audífonos.

Veintiún días antes de esta actualización, una joven, de no despreciable figura, ofrecía allí dulces. Porque la beca para estudiar leyes no le alcanza.

Por esos días, u horas, una joven y una chica aparecieron con una panera grande. Decían ser niños exploradores, y vendían panes para costearse un viaje. Días después, se les volvió a ver. Ya sólo decían que la compra que les hicieran era para una buena causa.

Niños mutilados, gente autorizada por una parroquia para pedir monedas con una imagen de San Judas Tadeo (y que el domingo se va al menudo al Auditorio), hombre que no completa los cuatrocientos pesos para el medicamento de su hijo, pero que en Catedral obtiene ochocientos por pedir; y los innumerables recién salidos de la cárcel que de inmediato se trasladaron al Centro, a las siete de la tarde, para vender dulces y juntar lo de pasaje a su localidad, sin explicar si afuera del Cereso hay una dulcería y si traían dinero para comprar los dulces. Y es que dicen que apenas salieron los compraron y tomaron el transporte público para el Centro, donde seguro recordaron, tras años en la sombra, que podían vender. Son más imágenes que a diario escriben historias reales con leyendas de trasfondo en una ciudad para la fantasía.

Primera edición: 3 febrero 2015.

Actualizaciones.

Primera: 09 octubre 2016.

Segunda: 23 junio 2017.

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Un comentario en “Los engañadores.

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